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DÉCADAS ANTES LAS SOCIEDADES secretas sí lo eran, hoy no; se conocen sus integrantes, sus sitios de reunión y sus estatutos; esta realidad les ha hecho perder el encanto que despierta lo oculto, lo misterioso.
Una de las primeras sectas, los herméticos, deben su nombre al sacerdote egipcio Hermes Trimegisto, discípulo de Tot, dios de la sabiduría y patrón de los magos. Durante la Edad Media y hasta el siglo XIX se desarrollaron en Europa sociedades herméticas. La tradición les atribuye el papel de transmitir los secretos de la naturaleza a unos elegidos. La frase de Newton: “Pude ver más allá porque estaba parado sobre los hombros de gigantes”, se emplea como prueba de que el mayor científico de la humanidad recibió de sus antepasados las claves del conocimiento del cosmos. En realidad, la frase anterior se encuentra en textos medievales.
En el período de la Ilustración, que antecede la independencia de España, proliferan las sociedades secretas con objetivos científicos y políticos. Los forjadores de la Independencia pertenecían a una u otra logia masónica. Algunas grandes decisiones se han mantenido ocultas, no se sabe cómo transcurrió la reunión en Guayaquil entre Bolívar y San Martín, en la cual este cede ante Bolívar y opta por el exilio.
Las sociedades secretas con interés en la ciencia recurrían a una especie de examen de admisión. Es bien conocido el que presentaban los aspirantes a la escuela pitagórica. Construir con regla y compás el pentágono regular. Aplicando el axioma básico de la ciencia: “Es más fácil resolver un problema si se conoce la solución”, puede deducirse que sin un conocimiento previo era casi imposible ingresar. Víctor Albis sugiere que los chibchas conocían la división ritual de la circunferencia y podían construir el pentágono. Por supuesto que no pasa de ser un mito, o como lo plantea Albis, una hipótesis fascinante.
Un científico colombiano con reconocimiento internacional, Julio Garavito (1865-1920), fue honrado bautizando un cráter en la Luna con su nombre, pero no lo podemos observar directamente pues está situado en la cara oculta. Garavito es la imagen de los billetes de $20.000. Fue autodidacta y profesor esmerado, conoció la actualidad científica y matemática que se desarrollaba en Europa. Por prejuicios y no por razonamiento se opuso a las geometrías no euclidianas, denominándolas engendros que pueden llevar a la locura, a pesar que la consistencia de la geometría de Bolyai y Lobachevsky había sido demostrada hace medio siglo. El apego casi irracional a la mecánica newtoniana lo lleva a descalificar la teoría de la relatividad. Esto último puede ser más explicable si se tiene en cuenta que el mundo científico tardó unos años en aceptar tan revolucionaria y antiintuitiva teoría.
Garavito perteneció a la secta “El círculo de los nueve puntos”. Un teorema de Euler demuestra que en todo triángulo hay un círculo que pasa por los puntos medios de los lados, por las bases de las alturas y por los puntos medios de las rectas que unen los vértices con el punto de intersección de las alturas. El rito de paso era la construcción del círculo y la demostración de su existencia. Es fácil construirlo pues se conocen tres puntos del círculo; demostrar su existencia es más complicado. La logia muere con Garavito y tal vez las sociedades científicas secretas en el país.
* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano