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Colombia ha sido poco atractiva para la inmigración. En la Colonia, la legislación imponía restricciones a la llegada de quienes no fueran de la metrópoli. En la República, las continuas guerras civiles y la malaria en los valles interandinos y en la costa no crearon el ambiente propicio para la inmigración.

A principios del siglo XX el fin del imperio otomano creó una onda migratoria, en particular de los cristianos que vivían en el actual Líbano, y algunos llegaron a Colombia. Su participación en la política, la industria y la cultura es reconocida. Antes de la Segunda Guerra Mundial llegó una pequeña inmigración italiana. Por prejuicios del canciller López de Mesa la entrada de judíos estuvo restringida y se dio orden de no expedirles visas.

La disolución en la ultima década del siglo XX de la URSS ocasionó una fuga de científicos altamente calificados. En el momento del colapso de la Unión Soviética, el nivel académico de sus centros de investigación estaba a la vanguardia del mundo, no así su economía ni su política. Muchos países, aprovechando la oportunidad de acrecentar el número de científicos de alto nivel, ofrecieron facilidades a los investigadores del imperio colapsado. Colombia no lo hizo, perdiendo nuevamente una oportunidad.

Otros países suramericanos han tenido políticas de inmigración más positivas. Basta mencionar a Perú, que acogió a chinos y japoneses; Brasil, japoneses, y Argentina, italianos.

El inmigrante trae nuevas ideas, otros conceptos políticos y religiosos, diferentes formas de ver el mundo, nuevos sabores, variedades de colores, otras formas de arquitectura, modos de producción. Los países que reciben inmigrantes se convierten en verdaderos crisoles de culturas. En Colombia no hemos experimentado el concepto de urbes con barrios chinos, italianos, portugueses. El inmigrante es un vehículo de comunicación entre su país de origen y el anfitrión, esto permea a la comunidad donde vive, la hace más global, con mentalidad más abierta. No es pues de extrañar que el aislamiento de Colombia, permitiera que para algunos de nuestros dirigentes la siguiente fuera su visión geopolítica: más allá de Faca, todo es “tierra caliente”. Hasta hace poco, según expresión de López Michelsen, éramos el Tíbet de Suramérica.

Somos, sí, un país que no expulsa, pero que poco acoge. Nuestras leyes de inmigración están tan llenas de requisitos como las de Arkansas. Como creemos que todo lo sabemos, somos avaros en otorgar visas a quienes con sus saberes, científicos o técnicos, pueden enseñarnos.

El desbalance emigración-inmigración se refleja en las siguientes cifras: el censo de 2005 muestra que hay 180.000 inmigrantes y de éstos el 60% es originario de Venezuela, Perú, Argentina y Ecuador. El mismo empadronamiento calcula en más de 4 millones los emigrantes. Por cada inmigrante hay 22 emigrantes.

Recientemente se está produciendo una inmigración de venezolanos y debemos darles la bienvenida. Es bueno recordar que Venezuela en su época de bonanza acogió a cientos de miles de colombianos. El declive de las economías europeas también puede incentivar movimientos migratorios a Suramérica. Acojámoslos. Contribuirán a formar un país más diverso y tolerante.

Nota: El tema de esta columna surgió cuando vi varios pequeños restaurantes venezolanos, sitios de reunión de su creciente colonia.

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