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Era la época en la cual la prensa cubría profusamente el reinado de belleza en Cartagena.
Este evento no había sido desplazado por el Festival de Música ni por el Hay, encuentro de escritores. Los capos del narcotráfico o las mulas esperaban con ansiedad el mes de noviembre como si se tratara de la próxima feria equina o ganadera. En ambas podían adquirir sus trofeos y lucirlos como prueba de riqueza. Algunas, pocas, aspirantes al título se conformaban con ser las elegidas del dinero fácil. Había candidatas de las llamadas intendencias y comisarías que no conocían la entidad administrativa que representaban. Una aspirante se promocionaba con una foto en la que aparentemente estaba vestida sólo con una inmensa boa alrededor de su cuerpo.
En uno de esos años se produjeron unas noticias aparentemente ilógicas e inconexas. Cuando un empresario promotor de un complejo turístico murió, las invitaciones llenaron tres páginas de un periódico. Lo extraño era que en la página 2 invitaba una esposa y en la 3 otra. Como dice algún amigo, hay que leer las invitaciones a los entierros para conocer cuál es el más reciente estado de las relaciones familiares.
Dos días antes una noticia perdida en las páginas interiores informaba sobre una balacera en un barrio de clase media alta en Bogotá. Decía que desde una camioneta se había disparado contra la casa de un mafioso; la escolta de éste respondió el fuego. Esta noticia no tiene nada de sorprendente, pero sí lo es la del día siguiente: un herido con arma de fuego es dejado abandonado en la sala de urgencias de la Clínica Shaio; los ocupantes de la camioneta que lo transportaban huyeron rápidamente. El herido murió. No hay ninguna lógica en que hubieran sido los atacantes quienes lo hayan dejado en un hospital y, si no lo eran, ¿por qué lo abandonaron sin dejar información para localizar a la familia o ayudar a la policía a identificar a los agresores?
En esa época la Zona G tenía pocos restaurantes. Uno de ellos fue exitoso ofreciendo trucha que los comensales podían escoger en los estanques construidos dentro del establecimiento. Antes de los sucesos anteriores ocurrió uno sangriento en este local. Un comensal fue asesinado, según la prensa, para robarle su lujoso automóvil. La crónica dice que el occiso se asustó al ver llegar unas personas y se escondió debajo la mesa, pero no logró evitar ser acribillado. El robo como causa del asesinato no encaja.
Dos noticias separadas siguieron a la del asesinato. Una informaba del abandono de un lujoso carro robado. Era el del malogrado comensal. La pregunta obvia era: ¿para qué asesinar, robar y abandonar el botín? Otra más espeluznante decía que habían sido asesinados familiares de la víctima del robo cuando en Medicina Legal hacían la diligencia de la identificación del cadáver.
La memoria es frágil y cada día lo es más. No tengo los archivos de estos inconexos hechos, pero la intuición y el gusto por la murmuración me llevaron a pensar que hay un hilo conductor en los anteriores sucesos. No fue por solidaridad que el herido fue dejado en las urgencias de un hospital, el robo del carro no fue el móvil del asesinato, la muerte de los familiares está en línea con la actuación de la mafia para hacer desaparecer testigos. Una aspirante al Reinado Nacional de la Belleza fue, tal vez, la causante involuntaria de estos hechos. Los recursos financieros del magnate inmobiliario también provenían de fuentes dudosas. ¿Qué pasó?