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En manos de Dios

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EINSTEIN, GRAN CIENTÍFICO Y AVEzado político, a la pregunta ¿cree usted en Dios? respondió “Creo en el Dios de Spinoza (1632-1677) que se manifiesta en la armonía de lo que existe, no en un Dios que interviene en el destino y las acciones de los seres humanos”. Este concepto es asimilable al panteísmo “No puede darse ni concebirse substancia excepto Dios”.

Muchos físicos afirman que la existencia o no de Dios no es objeto de la ciencia, por otra parte, entre el “momento” de la creación y el tiempo de Planck las leyes de la física son inaplicables.

La ciencia se fundamenta en una hipótesis meta-científica pero efectiva y es que el universo sigue leyes y éstas se expresan en el lenguaje de la matemática. Hipótesis compleja. ¿Por qué el Universo debe expresar su historia y devenir en un lenguaje artificial, creado hace pocos miles de años por unas criaturas cuya existencia no afecta al cosmos? Algunos consideran que la expresión del acto de la creación son las leyes de la naturaleza y esto, a su vez, genera otro interrogante. ¿Si Dios crea las leyes de la naturaleza debe someterse a ellas? En caso afirmativo se estaría autolimitando y su omnipotencia estaría cuestionada. En caso negativo para qué sirven los experimentos científicos, si la relación causa-efecto estaría sujeta a una acción impredecible del demiurgo.

El conflicto entre la infinita bondad de Dios y su omnipotencia, se realza, por ejemplo, en el Holocausto. ¿Cómo un ser infinitamente bondadoso permite este inmenso mal? El teólogo judío W. Jones y el católico Hans Küng responden: “Dios es infinitamente bondadoso pero el libre albedrío limita su omnipotencia, Dios no impidió el Holocausto no porque no quisiera sino porque no podía”.

El diálogo entre la ciencia y la religión se concentra, más que en la existencia, en si Dios interviene en la historia, es decir si toma partido por las acciones de la humanidad. En 1918 se le preguntó a 1.000 científicos norteamericanos: “¿Cree en un Dios personal el cual puede responder nuestras plegarias?”. El 41,8% respondió que sí. En 1998 la revista Nature formuló la misma pregunta, el 39,3% respondió afirmativamente. Físicos como Polkinghorne y Mitchell han combinado la teoría del caos, el principio de incertidumbre y la relatividad con la teología, para tratar de conciliar la ciencia con el concepto de un Dios que interviene en la historia.

En una sociedad moderna es más favorable para la convivencia ciudadana separar el Estado de la religión. En los países fundamentalistas islámicos, en los cuales la autoridad civil está subordinada a los líderes religiosos, se generan tensiones y violaciones de los Derechos Humanos fundamentales. Volver a los conceptos de un Estado con religión oficial como en la España franquista no parece ser un objetivo saludable en una democracia en ciernes como la colombiana.

Es mejor mantener la separación de las dos instituciones, como lo ordena la Constitución y reconocer que la religión pertenece al fuero interno. Es bueno recordar que quienes tienen representación política no pueden diferenciar sus opiniones privadas de su función pública. Banalizar la acción del creador para que tome partido en las guerras, en las elecciones o en los campeonatos, o lo que es peor invocarlo para cometer crímenes, como en el caso de los sicarios, es abominable.

El incierto resultado de la acción de Dios en la historia está bien resumido en la copla “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios protege a los malos cuando son más que los buenos”.

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