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LA POLÍTICA DE GENERAR UN PORcentaje de electricidad con plantas nucleares va a modificarse después del riesgo de explosión de los núcleos de los reactores de la central de Fukushima, en Japón.
La construcción de estas centrales ha estado acompañada de una fuerte oposición, por los riesgos que conlleva. A lo anterior se agrega la presión de los países pertenecientes al “club de la bomba atómica” para oponerse a que países que no son de su órbita de influencia desarrollen plantas nucleares. La razón es sencilla: el residuo del combustible atómico, sea plutonio o uranio enriquecido, es materia prima para la fabricación de explosivos atómicos. Las características de una bomba nuclear no son hoy un secreto, como tampoco lo es el cálculo de masa crítica. El explosivo que genera la explosión de fisión, y desencadena la fusión, se conseguía comercialmente. En una tesis, un estudiante de física de Berkeley publicó la “receta” de la bomba atómica. Existe un mercado negro de plutonio, que permite construir una bomba “sucia”. Por ejemplo, hace poco un compatriota fue detenido en Alemania con un maletín lleno de este material radiactivo.
En el momento de escribir estas notas, parece que se ha logrado evitar la fusión de los núcleos de la central Fukushima, alejándose el riesgo de explosión de la carcasa que aísla el reactor del ambiente.
Los tres peores accidentes nucleares han sido Three Miles Island, en USA, cerca de Hanisborng, el 28 de marzo de 1979. En escala de 1 a 7 fue catalogado como nivel 5.
Chernobil, en Ucrania, el 26 de abril de 1986, cuando explotó la cápsula de concreto, emitiendo 500 veces más radiación que la bomba atómica de Hiroshima. El nivel del accidente fue 7. Hasta ahora, Fukushima tiene nivel entre 6 y 7.
Luego de Chernobil y Three Miles Island, se produjo una casi moratoria de nuevas centrales nucleares. A partir de 1990 las mayores evidencias sobre el efecto del aumento del nivel de anhídrido carbónico (CO2) en el calentamiento atmosférico, le dieron un nuevo aire a la industria nuclear. La generación termoeléctrica con combustibles fósiles, contribuye en cerca de una cuarta parte de las emisiones de CO2. Las plantas nucleares no emiten gas de invernadero. La oposición ambiental a la construcción de centrales nucleares se redujo. Respetables ecologistas, como Amory Lovins, se declararon en pro de la generación nuclear, al considerar que los riesgos de ésta son inferiores a los daños que causan los gases de invernadero emitidos por las centrales térmicas convencionales. La situación está cambiando. A pesar de las medidas de seguridad de las plantas japonesas, el riesgo de radiación por los embates de la naturaleza es real.
Para los productores de combustibles tradicionales, como Colombia, esta nueva realidad favorece, pues valoriza el recurso. Se oyen voces que afirman que los daños causados por radiación, pueden ser menores que los de alcance planetario por el calentamiento atmosférico. En término de vidas perdidas por hora pueden tener razón. Pero piénsese en el siguiente escenario: si a los habitantes de una ciudad de 6 millones se les pide sacrificar una hora de su vida para evitar la muerte de 10 personas, con seguridad lo aceptarían, y sin embargo, esas horas “perdidas” son mayores que las “salvadas” en las 10 personas.
* Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano.