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Futurología

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“Si es difícil predecir el pasado, con mayor razón lo es conocer el futuro”. El pasado tal como lo conocimos o lo aprendimos va modificándose, de forma que hace irreconocible el conocimiento previo.

Cuando se estudiaba historia, en educación básica, se hablaba de los piratas ingleses del Caribe; los más conocidos Vernon, Morgan. Los niños los imaginaban, como en las películas, de ojo tapado y pierna de palo. Poco a poco, esta imagen se fue modificando cuando se entendía que no eran “tan piratas”, que eran una especie de mercenarios al servicio de su Majestad británica. Su oficio sí era atacar barcos y asentamientos españoles para que España no tuviera el total control del Caribe dejando sin los beneficios de la explotación colonial a su enemigo Inglaterra. El otorgamiento “de la patente corso” por el rey inglés les permitía apropiarse de parte del botín, eran una mezcla entre mercenarios y patriotas. La evolución del concepto de piratas llega a su clímax cuando en los jardines de la abadía de Westminster se encuentra una placa en memoria de “Sir Francis Drake”. Se pasa de pirata con ojo tapado a Lord de la Corona Británica, una clara muestra de la relatividad de cómo se enseña la historia. A Vernon, que hacía casi lo mismo que sus compañeros de aventuras, siempre se le llamó el almirante, lo que permitió que en un acto de lagartería infinita unos distinguidos cartageneros, para congraciarse con quien creen que heredará la corona inglesa, erigieron un monumento en honor a quienes atacaron a Cartagena, bajo el mando del almirante Vernon.

Otro caso más reciente de modificación del pasado es el del último zar de Rusia Nicolás II. La historia oficial rusa desde 1917 era explícita en señalar que los zares eran unos sanguinarios tiranos cuyo objetivo era explotar los pueblos y utilizar la riquezas del país para construir, para su solaz, grandes palacios. Que los atentados en contra de ellos eran obra de patriotas que querían liberar a su país de tan penoso yugo. Hay que reconocer que razón no les faltaba.

La historia hoy es totalmente diferente. El zar Nicolás II, su esposa Alexandra, sus hijos Olga, Tatiana y Anastasia, junto con sus más cercanos ayudantes el médico, el cocinero y el mayordomo, fueron ejecutados nueve meses después de la revolución de octubre de 1917, sus restos permanecieron ocultos.

La desintegración de la URSS modificó toda esta historia. Los atentados contra los zares fueron hechos por terroristas, la ejecución de la familia real autorizada por Lenin, sin un juicio previo, es hoy un crimen abominable. Los arqueólogos forenses identificaron los restos de la familia, entre ellos los de la princesa Anastasia, que estaba en otra tumba. Por esto, la leyenda que dice que había escapado de la ejecución y vivía en algún lugar esperando reclamar el oro de los zares depositado en el banco de Inglaterra. En 1998, en San Petersburgo (antes Leningrado) en la fortaleza de Pedro y Pablo, en la catedral del mismo nombre en la capilla de Santa Catalina, se enterraron con toda la pompa al zar, a la zarina, a sus hijas y a sus ayudantes. El zar reposa en un catafalco acorde con su dignidad. La iglesia ortodoxa rusa, hoy aliada del Gobierno, canonizó los zares; antes lo había hecho la iglesia ortodoxa en exilio. Posteriormente los declaró mártires. En menos de un siglo se transforman de tiranos, sanguinarios a mártires y santos.

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