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En la película Her, dirigida por Spike Jonze, Joaquin Phoenix interpreta el papel principal y Scarlett Johansson es la voz de Samantha, el sistema operativo.
Un escritor de cartas de amor emplea su tiempo libre en videojuegos en 3D en pantalla gigante. Un día ve un anuncio que ofrece un Sistema Operativo (SO) con inteligencia artificial. El software le ayuda en su trabajo recordándole las citas, leyéndole los mails sugiriendo cuáles borrar, corrigiendo sus escritos. Poco a poco el SO va conociendo la vida íntima del usuario, las conversaciones dejan de ser sólo profesionales y el escritor se va enamorando de su SO.
Es, por supuesto, ciencia ficción, pero hoy existen programas que aprenden mientras se utilizan. Es el núcleo de la inteligencia artificial. Teléfonos móviles inteligentes cuentan con un aplicativo que no sólo responde a preguntas vocales sobre información almacenada en el teléfono, sino que ofrece datos en la nube y los expresa verbalmente. La voz no es la de una contestadora automática, imita a la perfección la voz humana, con características de amabilidad o seducción. No voy a arruinarles a los lectores el disfrute de la película contando su desarrollo y el final.
Algunas reflexiones pueden hacerse. A pesar de la posibilidad de interactuar con los compañeros del trabajo, los vecinos o los amigos, por alguna razón parece que se prefiere el contacto virtual. Tal vez éste no exige compromiso o hay menos posibilidad de rechazo, o de censura. El insólito espectáculo de ver los comensales en una mesa, chateando en lugar de conversando con sus presenciales contertulios, es cada vez más común. Es interesante conocer el valor implícito del nivel de satisfacción que dan los “amigos virtuales” contra uno real. ¿Qué diferencia existe entre la relación que va desarrollando el usuario del SO con la voz que lo aconseja, ayuda y excita, y la que momentáneamente puede ofrecer, por ejemplo, una “línea caliente”? El usuario puede pensar que su SO con IA es sólo para él y que interactúa con una sola “persona”.
La recepción del público al filme ha sido variada. Algunos la rechazan por ser ciencia ficción de poca probabilidad de ocurrencia; otros porque consideran que es imposible llegar a una relación tan íntima con un software. Pero en general la critica del público en los países donde se ha exhibido es bien favorable: la aplicación IMDb permite conocer que la acogida del público es 8,4/10 y de la crítica especializada, 91/100.
Una parte de la humanidad se “enamora” de un concepto aún más abstracto y más lejano que un software, como es el de Dios, y afirma que habla con él, que le responde en sueños o en manifestaciones no sensoriales.
Son bien conocidas las poesías de sor Juana Inés de la Cruz, Hildegard von Bingen y nuestra compatriota sor Teresa del Castillo en las cuales describen el “éxtasis” de sus encuentros espirituales con la divinidad. Estas descripciones se acercan a verdaderos poemas eróticos. Los místicos pueden más que enamorarse de un concepto. ¿No será que en el mundo contemporáneo la inteligencia artificial está llenando el vacío de la soledad en medio de la multitud?
Algunos científicos consideran, para armonizar la teoría del Big Bang con el dios creador, que el átomo primigenio que originó el universo tiene la información necesaria para modelarlo y que el creador hace el papel de diseñador del software para que esto se realice.