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Al finalizar una negociación laboral se les pidió al presidente del sindicato y al de la empresa que escribieran el aumento máximo del salario que la compañía estaba dispuesta a aceptar, y el mínimo que el sindicato habría aceptado al iniciar la negociación.
Las cifras coincidían casi exactamente y eran sensiblemente iguales a lo pactado en la comisión colectiva. Al iniciarse la negociación cada una de las partes dijo que su oferta y su petición eran “inamovibles”, así difirieran en decenas de puntos porcentuales. Algo similar puede estar pasando en la Habana.
En las negociaciones de paz, los “inamovibles” explícitos, tanto por parte del Gobierno como de la guerrilla, difieren de las verdaderas y reales líneas rojas, secreto de cada parte. La guerrilla no inició negociaciones para que sus militantes terminen en la cárcel. Por su parte, el Gobierno, debe buscar mecanismos de justicia alternativas para evitar una total impunidad.
Un punto delicado es la extradición; la guerrilla no inicia el proceso de paz, para que sus miembros sean extraditados por su vinculación al narcotráfico. La experiencia con los jefes paramilitares que son extraditados a pesar del acuerdo de Ralito; cuando empiezan a hablar y a poner en situación difícil a personas cercanas y al mismo expresidente Uribe, por ejemplo cuando afirman “La seguridad del presidente en Córdoba corre por cuenta nuestra”. Es posible que por la insistencia de la guerrilla se convoque una constituyente que busque un blindaje jurídico al más alto nivel y que impida la extradición de sus miembros. Perogrullo y Pambelé estarían de acuerdo con que los guerrilleros desmovilizados no dejarán las armas para vender minutos o cachivaches en los semáforos; reivindican su origen político, y aspiran hacer política sin las armas. Que algunos lleguen al Congreso no debe ser tan escandaloso, ¿no tuvieron los paramilitares una representación del 30% en el Senado?
Poco a poco la guerrilla va aceptando el “inamovible” que le impone la sociedad y el Gobierno; de reconocer a las víctimas causadas por sus violaciones a los derechos humanos, como el secuestro, los asesinatos de personas no combatientes, el reclutamiento de menores, las agresiones sexuales, etc., pero piden también que se les reconozca su papel de víctimas. Marulanda en sus pronunciamientos después del ataque a Marquetalia en mayo de 1964, decía que fueron atacados injustamente siendo una comunidad pacífica; fueron destruídos todos sus activos productivos. Cuando solicitaron reparación por este hecho, el grupo guerrillero fue objeto de burlas, “pedir compensación por gallinas, marranos, vacas. ¡Qué lobería!”, olvidando que para un campesino eran todas sus riquezas.
Puede argumentarse que es injusto que quienes han cometido violaciones a las leyes de guerra, no sean castigados con rigor. Puede contestarse que la justicia es un objetivo, pero la realidad obliga que a veces deba flexibilizarse en aras de un bien mayor.
Claude Magris recuerda un episodio de su juventud. Un profesor de literatura le dice: para mañana deben tener memorizados 100 cantos de La Divina Comedia; escogeré a uno de ustedes para que los recite; si falla, todos tendrán mala nota. ¡Es injusto!, protestan. El profesor responde que eso les servirá para comprender que la vida real es muchas veces injusta.
Ambas partes conocen los términos de acuerdo y seguirán negociando los detalles por varios meses más.