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Víctimas

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Se ha calificado, con razón, como un hito en el proceso de negociación con las Farc, la participación de las víctimas del conflicto.

La escogencia de los primeros participantes fue obra de filigrana, a cargo de Naciones Unidas, la Universidad Nacional y la Conferencia Episcopal, garantizando equilibrio e imparcialidad. Leyendo las trágicas historias de vida de los integrantes se comprende que la reparación a las víctimas sea prioridad en el proceso. El conflicto armado ha producido más de 6 millones de víctimas. No es posible que todas participen directamente en la negociación, ni los escogidos, como ellos mismos lo afirman, sean los representantes de una población cuyo número se compara con los habitantes de Bogotá.

El relato de Constanza Turbay es desgarrador, pero a la vez esperanzador; acepta la necesidad de reconciliación como única vía para lograr una paz real. Se recuerdan las palabras de Alfonso Cano cuando las Farc asesinaron a la familia de Constanza: se le preguntó qué había pasado, respondió: “Sólo sé que están muertos”; ni un gesto de rechazo al asesinato a sangre fría de civiles. Este desprecio por la vida es sólo comparable al que el entonces superior jerárquico del Ejercito, Álvaro Uribe, expresó ante el asesinato de los jóvenes de Soacha por integrantes de las Fuerzas Armadas para presentarlos como guerrilleros y así obtener beneficios: “No estaban recogiendo café”.

En un escenario hipotético hubiera sido significativo la presencia de dos víctimas, Uribe y Cepeda, el primero de las Farc, quienes asesinaron a su padre, y el segundo, hijo de una víctima de la alianza entre los paramilitares y algunos miembros del Ejército. Hay diferencias de actitud ante estos hechos injustificables. Uribe convirtió deseo de retaliación en una política de Estado, en la cual en el combate contra la guerrilla todo vale, independientemente de los daños colaterales y que la institucionalidad quede vuelta añicos. Cepeda acentuó su compromiso para buscar y ayudar a encontrar caminos de reconciliación y lograr una Colombia incluyente y no violenta. Una persona muy cercana a Uribe decía “hay que aceptar un país en el cual convivan Uribe, Cepeda y Márquez. Para resolver las diferencias el camino es el diálogo”.

Los reciente anuncios de la mesa de negociación de La Habana reviven el lánguido optimismo en el éxito del proceso. La participación de las víctimas, la del Ejército con militares activos de alta jerarquía. El inicio de mecanismos que permitan un cese bilateral del fuego y una pronta dejación de armas. La negociación bajo hostilidades armadas, a pesar de las sólidas razones para adoptarla, genera desconfianza y perplejidad en la sociedad.

Los primeros principios de acuerdo entre el Gobierno y la guerrilla plantean reformas en el campo, en la actividad política, en la estrategia contra los carteles de la droga, que no afectan la integridad del Estado y que tarde o temprano tendrían que adoptarse con o sin acuerdo, pues apuntan a una mayor igualdad y democracia.

Es importante que las Farc reconozcan que no están en La Habana como un ejército triunfante, tampoco derrotado. Que para hacer política se requiere la aceptación del elector: sus ataques a la población civil y al medio ambiente disminuyen su ya baja aceptación. Es probable que en La Habana hayan logrado más por los derechos de los más débiles que en los 50 años de lucha armada.

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