América Latina, ¿para dónde?

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En la década de los ochenta, la realidad económica de América Latina no fue la más afortunada. Llegó a llamarse la década perdida, por cuanto era común la existencia de naciones en medio de crisis por altísimos déficits fiscales, deudas externas en mora, volatilidad exacerbada de precios y de la tasa de cambio, aparte de desempleo y desaceleración.

Hoy, casi tres décadas después, hemos experimentado una situación radicalmente distinta. El buen comportamiento de los precios de los bienes commodities, sumado a una ortodoxia en el manejo macroeconómico, ha permitido tasas promedio de crecimiento superiores al 3 % por varios años, asunto que a su vez ha facilitado la implementación de programas sociales activos que han disminuido la pobreza y logrado consolidar una gran clase media pujante y consumidora. Podemos decir entonces que los últimos quince a veinte años han sido luminosos en el desempeño económico y social de la región.

Sin embargo, tal como lo reconocen estudios recientes del BID, McKinsey, Cepal y otros, parece que la fiesta se ha terminado. Lo que viene de aquí en adelante puede ser una resaca dolorosa o la oportunidad para replantearse las fuentes de crecimiento y desarrollo de estas sociedades. Vivimos un momento de transición en América Latina, que requiere de un nuevo liderazgo público y privado, capaz de anticiparse y de construir una sociedad y una economía mucho más resilientes.

Estamos viviendo ya el fin de los altos precios de los commodities. Esto ha desencadenado caídas en las exportaciones y en general en el crecimiento de la región. El resultado es que todas las apuestas en políticas sociales hoy se ven afectadas y que la clase media emergente hoy esté en serio riesgo de retroceder. Los logros sociales de reducción de pobreza absoluta y relativa en América Latina hoy son asuntos que con su deterioro pueden convertirse en detonantes de inestabilidad social, institucional y política.

La disminución dramática de los recursos fiscales que ha generado lo anterior, junto con los logros alcanzados en mejoramiento de la justicia durante esas décadas de oro, ha hecho demasiado evidente el fenómeno incontrolable de la corrupción. Ver, por ejemplo, las calles de Brasil en medio de conflictos sociales, como ha sucedido recientemente, es justamente la expresión del rebote social que la corrupción está generando en América Latina.

Un actor clave de ese pasado glorioso ha sido China, con sus compras de materias primas. En los últimos 15 años se han multiplicado 22 veces los flujos comerciales entre América Latina y China y hoy esta nación es el primer socio comercial de países muy representativos, como Brasil, Chile y Perú.

Pero en este nuevo escenario enfrentado, otra debe ser la estrategia para crecer, porque, entre otras, China está también en una transformación a una “nueva normalidad”, en la que motivará su consumo interno y buscará un desplazamiento a industrias intensivas en conocimiento y tecnología.

De cara al futuro, esas mismas organizaciones que han identificado el diagnóstico regional tienen recomendaciones puntuales que nos deben hace reflexionar y actuar en nuestra propia nación. Es urgente entonces apostarse en primer lugar por elevar la productividad a través de mejoramientos evidentes en infraestructura física y en capacidades de ciencia, tecnología e innovación. De igual forma es indispensable mejorar en calidad y pertinencia toda nuestra educación terciaria. No puede ser aceptable que para el sector real cerca del 50 % del talento recibido no sirva de mucho en sus organizaciones.

En segundo lugar, es imperante aprovechar el fin del bono demográfico de hoy al 2030, pero en simultánea es indispensable acelerar el desarrollo en estos próximos 15 años y generar reformas estructurales (como la pensional), que mejoren la equidad, la inclusión y la cohesión social.

En tercer lugar, no podemos aplazar acciones efectivas para destruir el cáncer de la corrupción, que arranca por enfrentar la madre de todas las corrupciones, que es la financiación electoral. Un asunto final, que para nuestro país es relevante, es la necesidad de prepararnos para enfrentar la cuarta revolución industrial con tecnología, con capacidad de innovación, con crecimiento sostenible y con diversificación de la oferta productiva exportable.

Se acabó la fiesta y llegó la hora de buscar el nuevo destino en América Latina.

jrestrep@gmail.com / @jrestrp

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