Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En más de una oportunidad nos hacemos la pregunta de cómo podría nuestro país incrementar su tasa de crecimiento económico, y cómo podría también ser generador de empleo.
Con la misma frecuencia, el análisis tristemente termina en el manejo de política macroeconómica. Por eso muchas veces se asocia el crecimiento económico al manejo estable de las finanzas públicas, o a una tasa de cambio más favorable a la exportación, o al control de la inflación, o sencillamente a cómo hacemos para generar un ambiente económico estable. Se nos olvida muchas veces lo que sucede en el interior de las organizaciones, y, peor aún, la capacidad que desarrolla una nación para generar nuevas organizaciones.
Para no ir muy lejos, el Consejo Privado de Competitividad en Colombia ha identificado la necesidad de una nueva agenda, que justamente explore en esa “caja negra” de lo que sucede en las empresas, en sus relaciones, en sus intercambios y en esas políticas sectoriales que normalmente se olvidan cuando la preocupación son las grandes cifras macro.
Un reconocido parlamentario británico, Jesse Norman, publicó recientemente un libro, que se tradujo al español bajo el título La gran sociedad. En dicho texto se hace énfasis en que vivimos dos modelos de política pública que tienden a desaparecer o a fallar en sus estrategias en el mundo real. De un lado, el modelo que intenta centralizar la política pública y construir un Estado todopoderoso, y del otro, el modelo capitalista salvaje que terminó por dejarle la política pública al mercado. El planteamiento de Norman propone un modelo mucho más pragmático en el que la institucionalidad, la competencia y el emprendimiento jueguen un papel más importante. La idea es empoderar a la gran sociedad y a los cuerpos intermedios de la misma y que ellos sean los motores del desarrollo, naturalmente, en el marco de unas reglas de juego más claras y donde puedan competir más fácilmente, pero sobre todo emprender.
Recogiendo uno de sus planteamientos, será entonces el emprendimiento una fuente importantísima de desarrollo y crecimiento. Se entiende el tema del emprendimiento no necesariamente como una estrategia que se circunscribe a la creación de empresas sino al empoderamiento de los actores en la sociedad. Sin embargo, si nos referimos al tema empresarial, Norman reclama mayores posibilidades para que los distintos actores de la sociedad, a través de la creatividad y de las instituciones existentes, creen empresas estables y de alto valor agregado.
En Colombia hemos creído que somos grandes emprendedores. Desafortunadamente, hemos confundido tener inventiva o tener ideas o simplemente ser creativos con ser emprendedores. La verdad es que muchas veces tenemos sólo ideas, otras veces hacemos emprendimientos, pero mucho menos desarrollamos una real capacidad innovadora. De la idea a la innovación hay un trecho que pocas veces recorremos. Nos quedamos entonces con grandes ideas, o con emprendimientos de autosubsistencia, y dejamos a un lado la real capacidad de dar valor agregado con estas iniciativas de negocios.
Como lo confirma el Banco Mundial en un reciente documento (2014) titulado “El emprendimiento en América Latina: muchas empresas y poca innovación”, la realidad es que a pesar de los mejoramientos que hemos tenido en logística, infraestructura, competencia, oportunidades de nuevos mercados, capital humano y entornos contractuales, nuestro desarrollo empresarial es generalmente de empresas muy pequeñas que ni siquiera sobreviven a una generación, que suelen ser de autosubsistencia y con nula o poca capacidad de innovación.
Este mismo mensaje aplica a la mediana y gran empresa, donde en América Latina la capacidad de investigación y desarrollo es muy pobre, la introducción de nuevos productos es baja y con muy poco entronque global, y hay una seria incapacidad para crecer más allá de las fronteras (incluso de una sola ciudad o región local).
El mensaje no puede ser más contundente y coincidente con las ideas de Norman. Se hace necesario fortalecer la institucionalidad y motivar desde la educación un capital humano mejor preparado y con más iniciativa e independencia, lo que incluye, además, volver a la base de la real capacidad que tiene la educación para formar en la innovación y la urgencia también de innovar en la forma como educamos.
*JOSÉ MANUEL RESTREPO ABONDANO
*jrestrep@gmail.com /: @jrestrp