En defensa de la casa común

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En junio del 2015, el papa Francisco, en un gesto histórico de su pontificado, le entregó a la humanidad un documento fantástico bajo el título Laudato Si. En dicha encíclica hace un llamado a proteger y defender nuestro planeta tierra con un mensaje claro para que trabajemos contra el cambio climático y la degradación ambiental. Dos cosas fueron especialmente valiosas. Una de ellas es que esta puede considerarse la primera encíclica de plena autoría del papa Francisco, lanzando un mensaje claro de cuál es una primera prioridad como sociedad. Pero de otro lado, que él como autoridad mundial asume un mensaje responsable frente al mundo entero en un tema que nos implica a todos.

Curiosamente, un par de años después, otro representativo líder de nuestra humanidad, el presidente de los Estados Unidos de América, parece ir en una dirección contraria. En una entrevista concedida por Donald Trump a Hugh Hewitt en septiembre de 2016, que se asemeja a otras declaraciones públicas, manifiesta: “No soy un gran creyente del calentamiento global. Y no soy un creyente del calentamiento global producido por el hombre… Obama cree que es el problema número uno del mundo hoy, y yo creo que está muy abajo en la lista”.

Este escepticismo sobre un problema evidentemente palpable es un motivo de preocupación y debe ser un tema de discusión en la agenda política mundial, de la cual no se puede excluir ninguna nación, porque al final se trata del futuro de la humanidad. Estados Unidos es el segundo emisor de CO2, después de China, con una emisión de 16,5 toneladas por persona al año, lo cual sobrepasa con gran margen al promedio de la Unión Europea, que es de 6,7 toneladas por persona al año.

Las consecuencias ya todos las hemos vivido: cambios súbitos y drásticos en la temperatura que han ocasionado desastres naturales de gran escala; cambios en los ciclos agrícolas, con grandes implicaciones en la seguridad alimentaria mundial; pérdida de glaciares, con el correspondiente incremento en los niveles de los mares, lo cual pone en riesgo la existencia de islas y ciudades totalmente pobladas, y aceleración de la pérdida de especies de fauna y flora de manera definitiva. En síntesis, cambios irreversibles del mundo tal como lo conocemos. Mientras tanto, la temperatura del planeta sigue subiendo, como lo experimentamos la semana pasada en una ciudad como Bogotá.

Justamente por los efectos del calentamiento global en la viabilidad del planeta es que se propuso un límite al calentamiento global de 2 °C con respecto a la era preindustrial, el cual fue ratificado en el Acuerdo de París en 2015. Los acuerdos son claros en las prioridades globales que requieren compromiso de todos los países, sobre todo de aquellos que contribuyen en mayor proporción a la emisión de gases de efecto invernadero que causan el calentamiento global. Aunque Estados Unidos se comprometió a hacer parte del acuerdo en París, el futuro a corto y mediano plazo es incierto, pues su presidente sigue asegurando que el calentamiento global es un “concepto” fabricado artificialmente por China para su beneficio, de manera que la empresa manufacturera de Estados Unidos sea menos competitiva.

Lo que se espera ahora es el recorte a los fondos federales para la investigación en cambio climático, el veto de la difusión de información sobre los efectos de los combustibles fósiles, el incumplimiento del Acuerdo de París y el impulso descontrolado a empresas que no sean ambientalmente sostenibles. Todo lo anterior es sólo el comienzo de un significativo y peligroso riesgo mundial.

Cierro preguntándome, ante problemas de índole global como el que se plantea, ¿cómo podemos unir esfuerzos como comunidad internacional, como comunidad científica y académica, para contrarrestar posiciones y políticas que ponen en riesgo la viabilidad y sostenibilidad de la humanidad?

Nos queda entonces aprovechar el mensaje del papa Francisco en defensa de la casa común y hacer frente común a aquellos que con actitud miope no quieren entender la importancia de preservar nuestro activo más sagrado como humanidad: nuestro planeta, nuestra propia casa.
jrestrep@gmail.com @jrestrp

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