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La escena no puede ser más macabra, triste e indignante.
Una multitud en frente de una tienda de abarrotes que recibe, lanzadas desde el establecimiento parcialmente cerrado, bolsas de leche como si los seres humanos allí apostados fuesen animales hambrientos. Este es sólo un signo del desastre económico de una nación que otrora fuera un país rico, posiblemente hasta con excesos. No hace mucho recuerdo a un venezolano sentado a mi lado y disfrutando de una beca completa de estudio con vivienda y comida incluida en una de las escuelas de economía más importantes del mundo, por cuenta de la boyante economía.
No se trata sólo de privaciones a la libertad de prensa o a la libertad de asociación o de opinión, para no hablar de más libertades básicas. Se trata también de la escasez y el desabastecimiento de productos de la canasta familiar como leche, azúcar, queso, papel higiénico, carne o aceite. Se trata de un sector productivo que no respeta regla alguna y que ha quebrado a cientos de empresarios colombianos por mercancías recibidas pero nunca pagadas. Se trata de una restricción a la salida de divisas ante su escasez. Se trata de unas cifras oficiales amañadas de inflación, crecimiento y devaluación que ya nadie cree. Se trata de una violación permanente de la propiedad y la iniciativa privada. Se trata de un país que hace rato entró en inviabilidad macroeconómica, social y política.
Esto mismo en escala cercana sucede hoy en Argentina. Otro país al que se avecina una inflación rampante que estará cerca de la hiperinflación. Un país en el que en el último año se ha permitido más de un 40% de devaluación y esta devaluación oficial aún dista de la real en los mercados, prueba de lo cual es que no se consiguen divisas. Sumemos a esto intervenciones indebidas del Gobierno en la economía por la vía de estatizaciones, controles de precios y creciente desinversión.
Semejantes modelos tan desastrosos son el resultado de una izquierda cavernícola que tiene vecinos que la imitan y que al nuevo escenario macroeconómico mundial traerá crisis de tamañas proporciones. En naciones en las que había divisas de sobra y en las que el gasto público desbordado financiaba el crecimiento de estas “cuasi repúblicas bananeras”, todos felices, pero ahora que se avecina el renacer de los países desarrollados, sin duda alguna serán las primeras en experimentar el garrote de los mercados financieros mundiales, y seguramente la inflación y la devaluación tenderán a ser incontrolables.
Sobresaliente lección para parte de la izquierda colombiana que intenta repetir el modelo en la burocratización, la estatización de los servicios públicos (volviendo al ineficiente y desastroso modelo de la Edis), los subsidios populistas en servicios básicos, el uso de la demagogia para esconder la ineptitud o la ineficiencia (al mejor estilo Maduro, Chávez o Kirchner), la descalificación de la iniciativa privada, el abuso de los impuestos y la imposición indebida en la normatividad de uso del territorio, entre otros temas.
Y ahora, parte de esa izquierda moderada ha decidido emprenderla contra iniciativas tan importantes como la Alianza del Pacífico, una propuesta que reúne a los gobiernos sensatos de América Latina, un mercado de más de 200 millones de habitantes, el 35% del PIB total de América Latina y el Caribe y el 41% de la inversión extranjera en esta región. Una oportunidad histórica de aumentar nuestro PIB en por lo menos un punto porcentual. Pero, adicionalmente, la gran opción de entrar con fortaleza en los acuerdos regionales del Asia Pacífico y aprender de naciones como Chile o Perú, que hace rato son líderes de nuestra región en aquella parte del mundo.
La izquierda cavernícola debe avanzar en aprender de economía, so pena de demostrar su propia incapacidad en el gobierno de cualquiera de nuestras naciones. Lo que no puede pasar es que por su desconocimiento o errores conceptuales las naciones pierdan años de desarrollo, como ha sucedido en Venezuela y Argentina.
Llegó el momento de que nuestra izquierda colombiana asuma con más equilibrio y moderación los temas económicos. De lo contrario, nadie en su sano juicio encontrará sensata su participación en el Ejecutivo local, regional o nacional.
José Manuel Restrepo Abonado*