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Hace más de 20 años un grupo de personas reconocidas en el país como “sabios” se propusieron señalarnos una ruta por la cual debería caminar la educación en Colombia.
Bajo el sugestivo título de “Colombia: al filo de la oportunidad”, nos propusieron unas líneas de acción en educación que muy seguramente hubieran marcado la diferencia 20 años después. Sin embargo, buena parte de esas recomendaciones se quedaron en los anaqueles de algunos, en los planes inconclusos o no evaluados de gobiernos, en la rotación excesiva de los ministros del ramo y en el sentimiento de frustración de muchos otros.
Algunas de ellas: una educación que no adapte a los jóvenes a lo que existe sino que los invite a pensar y a no conformarse, a ser mucho más reflexivos y creativos; que forme para lograr mayores niveles de justicia, que se enfrente a la impunidad, que no sea fanática del legalismo que nos lleva a la “leguleyada”; que no entienda la calidad exclusivamente en la medición de pruebas, sino que comprenda que la calidad significa también la formación en valores o en felicidad; que aborde el tema de la educación no formal de una manera distinta, más pertinente y conectada con las necesidades del mundo empresarial, una multiplicación de los recursos en ciencia y tecnología.
Esta semana, uno de aquellos sabios, Rodolfo Llinás, nos invita de nuevo a una educación que no sea exclusivamente alrededor de contenidos olvidándose del contexto, sino que se preocupe por la aplicación y pertinencia del conocimiento. Nos invita a una educación lo más personalizada posible, en donde el método cuente más que los contenidos. Esto significa la necesaria reducción en la relación alumno-maestro y una educación que no siga concibiendo a los maestros como únicos depositarios, dueños y monopolizadores del conocimiento, sino que aborde un maestro verdaderamente comprometido como guía y facilitador de un proceso de aprendizaje donde el estudiante es el protagonista.
Aquella misión de sabios fue magistralmente cerrada con un texto de nuestro nobel de Literatura, de quien tanto se ha hablado en estos días. Sus expresiones finales abogaban por una educación para toda la vida, que conciba una ética y estética en nuestro modelo desaforado de superación personal, que aborde las artes y las ciencias como asuntos claves en el futuro de la Nación, que canalice esa capacidad creativa del colombiano y no la encauce hacia la violencia y la depredación.
Más de 20 años después siguen llegando especialistas del mundo entero a decirnos lo mismo. Hace algunos días fue invitado el profesor Andreas Schleicher, quien señalaba la importancia de fortalecer los métodos en la formación. Con los desastrosos resultados en las pruebas Pisa, volvemos de nuevo a esas reflexiones y nos deben hacer pensar sobre el camino a recorrer. No se trata sólo de hablar sobre los maestros, tampoco sobre financiamiento. Se trata de abordar un tema más complejo.
Esperemos que no pasen 20 años más para que dejemos de atender recomendaciones profundas, sencillas, concretas, que seguramente habrían de darnos la vuelta frente a esos bajos resultados en educación y apuntarían a incrementar la calidad y no sólo la cobertura.
Hoy, cuando intentamos convertir a nuestro nobel de Literatura en un cuasialcalde de vereda, exigiéndole construir un acueducto, o hacemos énfasis en sus posiciones ideológicas, discutibles o no, debiésemos más bien volver la mirada sobre aquellas frases extraordinarias condensadas en la misión de sabios que seguramente serían un marco de referencia para construir una nación distinta desde la educación. Esta es quizá la única forma a través de la cual verdaderamente podemos construir un país al alcance de los niños, bastante mas equitativo y competitivo.
José Manuel Restrepo Abondano *
jrestrep@gmail.com / @jrestrp