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Una reforma peligrosa, inquietante y que deja serias dudas parece ser la que el Congreso pretende aprobar, casi a “pupitrazo limpio”, para el futuro económico del país. Futuro que, anticipamos, podría ser de uno o dos años, pero que definitivamente no es la reforma de fondo que el país necesitaba y esperaba.
Está claro que tenemos un hueco fiscal gigantesco para 2015, que inicialmente bordeaba los $12,5 billones, pero que ante el nuevo escenario del mundo económico, y del petróleo en particular, podría fácilmente crecer hasta en 50%. Esta claro también que llevamos un ritmo persistente de gasto público que no hemos logrado controlar y que hemos sostenido con tasas de crecimiento muy altas y destacadas en el PIB, pero que ante una eventual caída del mismo, o afectación mayor (como es el caso de hidrocarburos luego de la decisión de la OPEP), se vuelve un crecimiento de gasto de difícil control y manejo.
Este ritmo de gasto público, financiado con crecimientos del PIB importantes, ha venido convirtiendo impuestos que creímos eran temporales en impuestos casi estructurales. Para no ir muy lejos, el impuesto a las transacciones financieras (denominado 4 x 1.000) ya cumplió más de 15 años de existencia y va para por lo menos 23. A menos que me corrijan y me digan que un impuesto temporal en Colombia dura 23 años.
Lo que viene en 2015 es además aún mas inquietante, sin desconocer los buenos resultados de los años anteriores. Como lo dijera ya ANIF, la desaceleración de la economía para este nuevo año ya comenzó, y coincido con Sergio Clavijo, presidente de ANIF, cuando afirma: “No pierdan el tiempo (en mostrar los buenos resultados del primer semestre), eso ya lo sabemos, pero de poco nos sirve para prepararnos ante los cambios del mundo que exigen ser cautelosos para que esa ola no nos golpee como ya lo hace con Chile o Perú”.
Este resultado previsible y ya real para el año nuevo plantea nuevos dilemas en el frente fiscal, y abre posiblemente nuevas troneras, que sólo pueden ser enfrentadas con acciones puntuales contra la corrupción, contra la evasión (que vale mas de cuatro reformas tributarias), así como con un esfuerzo tributario mayor en cabeza de todos (IVA adicional de por lo menos dos puntos o disminución de las exenciones en el impuesto de renta o haciendo uso del impuesto a los dividendos, entre otros medios).
La reforma tributaria presentada al Congreso y aprobada ya en comisiones económicas es tremendamente peligrosa en este nuevo escenario. En primer lugar, es meramente un “reparcheo fiscal” que puede ser aún incompleto para la caída en ingresos fiscales que se anticipa por la ralentización del crecimiento del PIB y por menores ingresos fiscales del sector de hidrocarburos. En segundo lugar, no aborda de fondo los problemas de largo plazo de la hacienda pública (sostiene el crecimiento en el gasto público, transforma impuestos temporales en definitivos o por lo menos los sigue extendiendo y persiste en impuestos antitécnicos o inconvenientes). Y en tercer lugar, pone en riesgo el futuro crecimiento económico del país al crear el mal llamado impuesto a la riqueza o al patrimonio, que amenaza el futuro de la inversión productiva del país al llevarnos a ser, junto con la sobretasa al CREE, uno de los países del mundo con la mayor carga tributaria. Entretanto, nuestros vecinos aprovechan este escenario haciendo lo contrario, es decir, más atractiva la carga tributaria para la inversión y el desarrollo productivo.
Propongo un nombre distinto al impuesto a la riqueza o al patrimonio o contra la pobreza. Siento que posiblemente el nombre más apropiado es el “impuesto por la pobreza”, que anuncia su desmonte en 2018, momento en el cual posiblemente no habrá ya riqueza para tributar y habremos logrado la pobreza total.
Los tributos tienen propósitos redistributivos y sociales, pero no son neutros al crecimiento de un país y a su propio futuro económico. Es urgente que las plenarias del Congreso de la República no pasen tan rápido la aprobación de un proyecto de ley que puede ser altamente inconveniente.
José Manuel Restrepo Abondano *
Amanecerá y… ¡pagaremos!
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