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La negativa del Parlamento de Portugal de aprobar el Plan Económico del Gobierno pone a este país en grave riesgo de no cumplir sus obligaciones financieras, amenazando a España y poniendo en riesgo la zona del euro, que, ante el discurso antiinflacionario del Banco Central Europeo, ha tenido que soportar una perjudicial revaluación de su moneda comprometiendo la competitividad cambiaria, exigida por varios países para salir de la crisis mediante exportaciones y crecimiento, que cada vez se ve más embolatado.
En España se creó un plan para recapitalizar las cajas de viviendas, o bancos hipotecarios, y que según estimaciones oficiales costaría cerca del 1,4% de su PIB, pero que de acuerdo con otros analistas podría necesitar cinco veces esa cifra, y exige recursos públicos cada vez más escasos y que necesitan ser financiados con masivas emisiones de bonos en los mercados, los cuales cada vez más empiezan a saturarse de estos papeles y a generar desconfianza sobre la viabilidad de las finanzas públicas españolas. Un euro fuerte que merma la competitividad de las exportaciones europeas, finanzas públicas deficitarias, presiones inflacionarias y socios en graves problemas como Japón, son el escenario predominante en una Europa que cada vez paga más para ganar tiempo en su tarea de evitar el colapso. Sin embargo, Alemania y Francia empiezan a cansarse de cargar con todos los problemas. En Colombia el mercado de TES se desvalorizó a precios vistos antes de el otorgamiento del grado de inversión al país, mientras que el Gobierno se ufana de un exiguo crecimiento anual del PIB de sólo 4,3%, y que flaco favor le hace a la creación de empleo formal, pues se sigue concentrando en la explotación de minas y petróleo, que no son sectores intensivos en la utilización de mano de obra, ni tampoco generadores de gran valor agregado. Este crecimiento es mediocre para una economía emergente como la nuestra y no representa éxito, sino el fracaso de una política económica centrada en estimular únicamente la inversión de los dueños del capital, sin hacer mucho por el consumo de los asalariados, que en definitiva son los verdaderos soportes de la demanda agregada de largo plazo y el combustible de las tan cacareadas locomotoras que nada que arrancan.