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En la selva capitalista mundial, la charca latinoamericana se había visto favorecida por la entrada en ella de hipopótamos que hicieron subir el nivel del agua, generando una percepción de abundancia económica. Sin embargo, estos hipopótamos empiezan a retirarse, dejando el peladero que ya todos conocemos.
En efecto, la devaluación del peso colombiano se enmarca con la pérdida de valor de monedas en toda la región, mientras que el precio de materias primas, como petróleo y minerales, se desploma debilitando el balance comercial de quienes, como nosotros, dependen en más de la mitad de sus exportaciones de estos productos y se enfrentan a tratados de libre comercio sin infraestructura física ni institucional, al tiempo que no hemos logrado librarnos de la contaminación del narcotráfico y corrupción en nuestra política, como lo demuestra la inexplicable vigencia de siniestros personajes como Samper y su séquito.
Esos hipopótamos que salen de la charca son los grandes fondos de inversión extranjera, que, como Nomura Bank, entre otros, han recomendado desde hace tres meses apostar contra el peso colombiano, es decir, promover la salida de capitales del país ante su imposibilidad de lograr la meta de producir el millón diario de barriles de petróleo y la incapacidad de sustituir las rentas petroleras con otro sector productivo. Son más sensatos que nuestras propias autoridades económicas en cuanto a que el petróleo no es un fin en sí mismo sino apenas un medio para el desarrollo económico. Entienden perfectamente que romper al país con el perjudicial método del fracking para exprimir petróleo, así como la expedición de las licencias ambientales exprés, son el camino expedito para dejar la charca totalmente seca y envenenada.
Y aunque la subida en el precio del dólar es una excelente noticia para revitalizar nuestro sector productivo, llevará tiempo revertir la actual tendencia de mucho empresario acostumbrado a comercializar sólo bienes y servicios importados hacia la verdadera actividad de la fabricación industrial, al tiempo que el hueco fiscal de un irresponsable e ineficiente gasto público deberá llenarse con más impuestos sobre los mismos, mientras que fundaciones sin ánimo de lucro, como la Universidad San Martín, y las iglesias de toda estirpe, se vanaglorian de no pagar un solo peso de impuestos al lado de mucha sanguijuela en esta charca llamada Colombia.