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Parte del mundo económico como nos lo han pintado podría estar llegando a su fin este año, pues los países ricos ya no lo son tanto y tienen tantos problemas que poco o nada les importa extender su hegemonía.
Los profesores se volvieron alumnos y hasta en Harvard los estudiantes reniegan de sus encumbrados maestros por la falta de soluciones para el mundo real en el que sufren. La glorificada unidad monetaria en la zona euro muestra grietas y sólo una fuerte devaluación del euro puede encender la esperanza en el Antiguo Continente, agobiado por un desempleo alto. Por su parte, América Latina atrae capitales, sufriendo nuevamente fortalecimiento de sus monedas, pero confirmando que ese mundo en que nos miraban por encima del hombro puede estar llegando a su fin, pues las economías emergentes como la nuestra dejaron de ser un problema para convertirse en herramientas de solución.
El mundo en que los bonos del tesoro americano eran el activo financiero más seguro, quedó atrás. Todo lo sólido se desvanece en al aire y ya no hay nada a qué aferrarse financieramente, pues también los salvamentos de empresas privadas por parte del Estado con dineros públicos podrían estar llegando a su fin, por cuenta de movimientos como el de los indignados en Europa o el de Ocupemos Wall Street, que critican ese proceder contra la equidad, justificado antes por el tan enredado concepto de “riesgo moral”.
Ese mundo en el que el crecimiento no tenía límites quedó atrás, pues no sólo el calentamiento global, sino las propias restricciones del crecimiento al debe, por cuenta de irresponsables otorgamientos de créditos bancarios sin control, han cedido espacio hacia necesidades de regulación más estricta, a pesar de que aún hay mucho espacio para apretarles los cinturones a muchas irresponsables atribuciones de banqueros y agentes bursátiles.
El sistema capitalista necesita de crisis para rehacerse, el riesgo es que ésta sea tan dura que pueda ser la última, cosa que no creo, pero sí estamos en un punto de inflexión en que ciertas premisas están desmoronándose y dejando vacíos que, de no llenarse con políticas hacia la equidad, podrían ser llenadas por políticas de mayor depredación, que mantengan bajo presión a la sociedad, arrinconándola hacia tiranías o guerras.