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Ya el invierno amenaza con tragarse hasta el 2% de Ecopetrol, subir el gravamen a las transacciones financieras y echar por la borda la promesa de campaña del presidente Santos de no hacer reforma tributaria alguna.
Y como históricamente lo han hecho las guerras, la presente tragedia ambiental promete dinamizar la economía debido a las obras de reparación, reconstrucción y de infraestructura, al tiempo que la necesidad de subsidios y paliativos económicos a los millones de damnificados significará más gasto público.
Además de arrasar con millones de ilusiones, el invierno amenaza con arrasar con las finanzas públicas, a tal punto que, si no se tiene cabeza fría en el marco de la emergencia económica, el desajuste fiscal puede empeorar. Es cierto que las urgencias desplazan lo importante, más cuando hay un drama humano tan apremiante como el actual, pero las facultades extraordinarias en materia económica no pueden ser un pagaré en blanco que inunde de gravámenes al poco país que no ha sido inundado con lluvias.
Ya el solo anuncio de empréstitos y donaciones desde el exterior derrumbó en sólo media hora el precio del dólar el pasado viernes, por debajo de los $1.880, después de recuperarse a $1.920. De otra parte, los temores de desabastecimiento alimentario les metieron volatilidad a los precios de los TES, los cuales, ante el crecimiento de la cartera del sector financiero, empiezan a mermar en los portafolios de bancos.
En cuanto a las acciones, se destaca una sustancial reducción en los volúmenes de negociación, que acompañada de la falta de tendencia en los mercados extranjeros, anticipa un cierre de año sin mucha novedad.
Mal preparados nos tomó el invierno que, paradójicamente, al tiempo que destruye, también abre necesidades de inversión, que ponen en evidencia no sólo el atraso del país en materia de ordenamiento territorial, de infraestructura vial, alcantarillados eficientes y planes de emergencia pertinentes, sino también unos antecedentes de corrupción como aquel capítulo de la bochornosa conciliación con Dragacol que salpicó a eminentes ministros y dejó el Canal del Dique en circunstancias que años después se traducen en zozobra para los pueblos aledaños, por sólo mencionar uno de los incontables casos de robo que algunos pagan hoy hasta con la vida.