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El actual enredo económico mundial tendremos que pagarlo todos.
La pregunta es en qué proporción le tocará a cada ciudadano mundial y ese pulso lo están ganando los más ricos, ya que las propuestas de recortarles exenciones tributarias fueron frenadas por el ala más radical del partido republicano, abriendo paso a una comisión de gasto que se comprometió con recortes a los presupuestos en los sistemas de salud y educación.
Sin embargo, esta no es la peor parte con la que el ciudadano de a pie ayudará a los banqueros gringos y europeos. La cuota más cara irá por cuenta de la inflación, ese fenómeno económico que deteriora el poder adquisitivo del asalariado, al tiempo que valoriza los activos productivos e inmobiliarios de los grandes propietarios. Por esto la inflación se califica como el más regresivo de los impuestos, el más inequitativo.
Para salvar a los banqueros, en Europa se propone el odioso impuesto a las transacciones financieras, junto con los recortes del gasto público. Todo porque cunde la doctrina de que una quiebra similar a la acaecida a Lehman Brothers en Estados Unidos, en septiembre de 2008, sería catastrófica, no sólo para la Eurozona sino para el planeta entero. Esta premisa asume que, en el capitalismo, los banqueros son intocables y su negocio debe ser protegido, con la vida si es necesario, pues si ellos se quiebran el sistema entero colapsa. Dependemos de ellos, según los profetas del orden económico actual, pero poco se hace para prevenir sus excesos.
En últimas, existe el dinero para arreglar el problema, provenga de los impuestos de los más pudientes o provenga de la emisión primaria por parte de los Estados, con su consecuencia nefasta sobre la inflación que, aunque algunos no la ven en el horizonte cercano, otros sí la sienten amenazante y por eso compran oro a precios récord.
En la crisis de 2008 la baja inflación dio margen de maniobra para aplicar las políticas expansivas sin precedentes, tanto en lo monetario como en lo fiscal, mandando la papa caliente lejos en el tiempo. Llegó la hora de ponerle la chequera al problema y el debate se centrará en quién va a pagar los platos rotos. El conflicto de clases persiste.