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UN CABALLO VIEJO, SOMETIDO POR sus dueños a trabajos forzados, murió por infarto en una calle de Bogotá, en días pasados. Al mismo tiempo, varias organizaciones han salido en desfiles públicos a pedir protección a animales sometidos a abandonos y torturas.
No tiene explicación que las autoridades sigan permitiendo en el transporte urbano a los antiguos zorreros, con sus carromatos impulsados por animales a los que no se tiene ninguna consideración. Si se tratara de un detalle típico del viejo Santafé podría mostrarse en un museo, como el tranvía de mulas. Si lo que hay es compasión con los viejos transportadores para no privarlos de su fuente de trabajo, lo adecuado es darles otras facilidades para que su oficio se adapte al transporte mecanizado acorde con los tiempos modernos.
Cursa en el Congreso un proyecto que prohíbe los animales en el transporte público. Que no le pase lo que al escándalo con el bebé de Chía, cuando a los pocos días no había quien juzgara al padre que asesinó a su propio hijo, por estar la justicia en huelga ilegal, ante la cual nada hacen los congresistas.
Bogotá es de las pocas ciudades donde siguen mezclándose los caballos al transporte público. Una ciudad en pleno desarrollo como Bogotá necesita eliminar todos los motivos de congestión en su tránsito urbano. El domingo pasado nos referimos a los buses híbridos que han comenzado a aparecer en grandes ciudades.
Para afrontar la eliminación de las zorras de tracción animal es oportuno este momento de definiciones sobre las rutas y sistemas para la Bogotá del futuro. Si llega a complementarse el Transmilenio con una ruta subterránea, para complacer a quienes añoran el metro de otras ciudades, con mayor razón debe evitarse que se siga permitiendo en las calles a los antiguos zorreros y a sus caballos viejos.
COLETILLA. A menos que se invente una nueva clase de zorreros híbridos.