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¿Buenas intenciones o racismo?

Juan Carlos Botero
04 de febrero de 2010 – 10:21 p. m.

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LA NOTICIA ES ESCANDALOSA.

DIEZ norteamericanos, cristianos procedentes de Idaho, viajaron a Haití con el objetivo, según informaron a la prensa, de ayudar a las víctimas del terremoto que arrasó con lo poco que existía en la isla. Esta semana, sin embargo, los religiosos fueron detenidos con 33 niños, entre 12 años y dos meses de edad, mientras cruzaban la frontera hacia República Dominicana. El grupo no tenía permiso para sacar a los menores del país, y aunque señala que son niños que quedaron huérfanos a raíz del terremoto, parece que su verdadera intención era ofrecerlos en adopción. Ya se sabe que varios de los niños ni siquiera son huérfanos, y por eso las autoridades en Puerto Príncipe podrían denunciar a los norteamericanos por secuestro y tráfico de niños. “Nuestras intenciones eran buenas”, han dicho. “Obedecíamos una orden de Dios”.

Hay dos elementos que hacen que esta noticia sobresalga por encima de otras miles y trágicas que reportan los medios cada día. El primero es que este grupo, según confirman sus familiares desde el condado de Twin Falls, efectivamente estaba siguiendo las instrucciones de Dios. Confieso que cada vez que alguien proclama conocer la voluntad de Dios, tiemblo. Cierto: algunas de las creaciones más bellas de la historia han surgido de quienes dicen “obedecer la palabra Divina”. Pero a la vez varios de los peores crímenes de la humanidad se han cometido por la misma razón, por gente que, invocando la autoridad celestial, ha procedido a masacrar, invadir, torturar o violar al prójimo. Lo peligroso de esa tesis es que es imposible de verificar, ya que nadie le puede preguntar a Dios si ésa era, en efecto, su instrucción. Y eso le permite a la persona decir, de manera deshonesta o genuina, lo que sea: que la orden superior consiste en esto o aquello. Como no se puede corroborar o cuestionar, resulta inatacable, y eso se traduce en una licencia de impunidad. Siempre me ha parecido ofensivo que alguien, imperfecto y falible, tenga la soberbia de decir que conoce la voluntad de Dios, mientras que el resto de los mortales, los que no somos iluminados o favorecidos, vivimos en la ignorancia. Sin duda, pocas ideas han hecho más daño, a lo largo de los siglos, que ésa.

El segundo hecho alarmante es el racismo de los religiosos. Porque la verdad es que este grupo viaja a Haití, el país más pobre del hemisferio, con casi toda la población de raza negra, a buscar niños para llevar al extranjero, pero jamás se les ocurriría hacer algo así en un país del Primer Mundo. ¿Habrían pensado en hacer eso en Nueva Orleans, luego de Katrina? ¿Aprovecharse de la tragedia y del desamparo de la gente para llevarse a sus niños? ¿Lo harían en un país como Italia después de un terremoto como el que sacudió la región de Abruzzo en 2009? ¿Qué dirían estos cristianos si luego de sufrir un pavoroso temblor en Idaho, un grupo de extranjeros se llevara a sus hijos? Ellos sí lo hacen, en cambio, en Haití, convencidos de estar haciendo un bien, porque en ese país pobre e inferior, su presencia debería ser aplaudida y agradecida. No hay peor racista que el que se cree procedente de un pueblo, una raza o una clase superior. Su convicción siempre se apoya en el dolor ajeno.

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