Detesto Instagram

Juan Carlos Botero
08 de febrero de 2019 – 12:00 a. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Soy la persona menos indicada para hablar sobre este tema, lo sé, y mi juicio carece de valor por una razón elemental: ni siquiera tengo cuenta de Instagram.

Pero eso no me impide aborrecer esta aplicación con toda mi alma. Porque conozco a muchos que sí la tienen y he visto el daño que hacen estas redes sociales.

Tienen ventajas, claro. Para la gente madura, que no vive esclavizada al número de likes, estos medios ofrecen un puente para mantenerse en contacto con amistades, seguirle el rastro a la familia que vive lejos, conocer tendencias de la moda o admirar los últimos inventos que hacen la vida más amena o eficiente. Eso no lo cuestiono.

Mi repudio es por el efecto que tienen sobre los jóvenes. Con estas apps los chicos caen en una competencia feroz, imposible de ganar y destinada al fracaso. Instagram ofrece una imagen de la realidad ficticia y dañina. Aquí predomina la foto de la persona cuando está feliz, o de viaje, o probando platos que, por alguna razón, siente que debe compartir con la humanidad, y además cree que a la humanidad le interesa su plato de comida. Son imágenes de la vida cuando ésta toca cimas de placer. Nunca se ve a la persona aburrida, o recién despertada, o frustrada porque ha visto, en Instagram, a alguien más bello, feliz o divertido; el vecino que ha viajado, bebido, comido o gozado más. Esta red ofrece un deleite fácil e instantáneo; es hechizante y adictiva, y arrastra una frustración segura. Porque la imperfección no es tolerada.

Aquí hay que ser modelo de revista para salir en las fotos que cuelgan. Y hay que ser cineasta, porque el video casero, si sale mal, es destruido por los enemigos de las redes. Y hay que ser gracioso, porque el peor pecado es ser aburrido. Y cada frase debe ser genial y rebosar sabiduría. Las expectativas son desmesuradas. Y la adicción es insaciable.

El problema de fondo es que las nuevas generaciones están haciendo un peligroso pacto con la comodidad, cambiando el ocio activo por el pasivo. Antes, para divertirse, había que hacer cosas que requerían un mínimo de esfuerzo. Leer un libro. Ir al cine para ver una película. Salir a jugar en el vecindario y, de paso, descubrir relaciones sociales, descifrar reglas sexuales y de liderazgo, capotear situaciones con amigos, rivales, conquistas. Hoy el ocio es pasivo. Ni hay que salir de la casa. Se pueden pasar horas mirando apps. Sin hacer un esfuerzo físico. Y menos mental.

El costo social es enorme. Muchas de estas apps se usan para hacer bullying, incluso llevando a niñas al suicidio, o para transmitir fake news y llenar el debate público de mentiras. Además, se cree que la popularidad es un bien supremo. Lo que importa es tu número de likes. Se confunde el valor de la persona con su notoriedad. Y hasta el éxito se frivoliza. Un grafiti en Los Ángeles decía: “Paren de volver famosa a la gente estúpida”.

Para no hablar de los extremos a los que se llegan en busca de la imagen audaz. Las piruetas que ponen en peligro la vida, las torpezas en los museos que han dañado obras históricas, los actos de grosería para tomar esa foto que, creen, les dará más likes que otra. Y así tenemos no sólo una generación de gente embrutecida que, tristemente, renunció al hábito de la lectura, sino también de gente descortés. Y no se sabe qué es peor.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido