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EN 1973, POR UNO DE ESOS GIROS del destino y a raíz del secuestro de mi madre, tuvimos que salir del país de la noche a la mañana y no pudimos volver en mucho tiempo. La familia se dividió, y yo terminé en un colegio internado semejante a una academia militar.
Era un plantel centenario, a diez millas de Boston, con edificios cubiertos de enredaderas y los niños en uniforme de chaqueta recta y corbata. Entre los alumnos había de todo: hijos de padres que creían que unos años de internos los volverían hombres; hijos que eran un estorbo para sus padres que no tenían tiempo para su educación; hijos difíciles de padres que preferían no lidiar con el problema. De esta clase había un joven de apellido Reed, pequeño y musculoso como un toro de lidia, que de pronto estallaba como un volcán dando alaridos de guerra. Entre cinco no lo podíamos sujetar, y había que llamar a los maestros para que nos ayudaran antes de que Reed acabara con todo lo que había a su alcance.
Algunos alumnos eran hijos de gente famosa. Ahí estudiaron Patrick y Edward Kennedy y también Howard Hughes. En mi época, el más célebre de todos era hijo del presidente de Nicaragua, un joven alto de apellido Somoza que se reía como un burro y nos recordaba a todos, cada vez que podía, que su padre era presidente de su país.
Una noche, recuerdo, antes de irnos a la cama, un grupo de estudiantes nos quedamos charlando con el encargado del dormitorio. Alguien habló de Nicaragua, y entonces le pregunté al profesor si él sabía que Somoza era hijo del presidente de aquel país.
El profesor dejó escapar un suspiro y me miró con pesar, como si lamentara lo mucho que aún me faltaba por aprender.
Su papá no es un presidente, me dijo. Es un dictador.
Era la primera vez que yo oía el término, y lo tuve que buscar en el diccionario. Lo cierto es que ese joven era diferente a los demás estudiantes. Nosotros, un fin de semana al mes, podíamos pasar el día en West Newton, el pueblo más cercano, y nos daban una mesada de un dólar con 50 centavos. En cambio, Somoza recibía su mesada en el correo y lo contaba en su pupitre delante de todos y en voz alta: en un montículo ponía los billetes de 100 dólares, en otro los de 50 y en otro los de 20. No había billetes de un dólar. Luego, de vez en cuando un viernes en la tarde, los hijos de las familias más ricas los recogían sus padres en automóviles de lujo. Pero a Somoza lo recogieron varias veces en plena práctica de fútbol, y teníamos que despejar el campo porque llegaban por él en un helicóptero privado que aterrizaba en la mitad de la cancha.
Hacía años que no me acordaba de nada de esto. Pero a raíz de lo sucedido en Egipto y de la caída de Mubarak, me vino a la cabeza la imagen del joven Somoza en aquel internado. Claro, en ese tiempo yo no podía saber que la dinastía Somoza terminaría gobernando el país durante 40 años, y era demasiado joven para saber que un tirano podía amasar una fortuna exprimiendo su país como un limón, o que una familia lo podía usar a su antojo como si fuera una finca de recreo. Pero ahora que se habla de la fortuna que Mubarak acumuló durante 30 años en el poder y que ocultó en el exterior, y que asciende a miles de millones de dólares, me queda fácil de creer. Sé de lo que están hablando.