El amor por los hijos

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Hace poco estuve recordando mis conversaciones con un señor acerca de los hijos, pues siempre me llamó la atención lo que él decía. A diferencia de otros, este hombre no vacilaba en admitir su amor sin límites por su hijo, cosa que pocos hacen sin sonrojarse. Él no. Este fulano lo reconocía de frente, con orgullo, y más bien se sentía afortunado de amar de esa manera, de vivir ese grado de amor incomensurable.

Más aún, en cierta ocasión este señor me confesó que él amaba a su hijo por encima de todo en el mundo, sintiendo, incluso, una permanente punzada de inquietud en el corazón, porque él sabía que el amor verdadero, el más auténtico y profundo de todos, es el que duele siempre en el pecho: el apremio y la zozobra que nacen del temor y de la premonición, del pavor a la desgracia, a la posibilidad del accidente y a la certeza de la muerte. Amar es apreciar, valorar y atesorar lo que se tiene, decía, pero también, de manera simultánea, es sufrir con la idea, la eventualidad y hasta la inevitabilidad de la pérdida. Un gozo sin fin y una angustia sin cesar. Van de la mano. Y esa clase de amor, opinaba este padre, así de inmenso e incondicional, libre de la necesidad, de la obligación de reciprocidad, sólo se descubre con los hijos.

¿A qué te refieres con eso?, le pregunté alguna vez.

Cuando uno es joven, explicó, el amor que uno siente en pareja está determinado, en parte, por lo que sienten hacia uno, por lo que la otra persona demuestra a diario. El amor en la pareja depende en gran medida del grano de arena que cada uno aporta a la relación, y así la van construyendo, cada uno agregando un grano adicional. Pero si uno deja de poner de su parte, tarde o temprano el otro también lo hará. Eso no pasa con los hijos, anotó. Cuando éstos nacen el amor no es recíproco: el pequeño ni siquiera percibe la existencia de su padre, y aun así el adulto ama, sin límites y sin contraprestación. El padre da. Lo da todo. Sin esperar nada a cambio. Ésa es la gran diferencia con la pareja. Si ésta baja la guardia en la relación, la pareja sufre. Pero el amor por los hijos es tan grande que, incluso recién nacidos, cuando menos pueden hacer algo, aún así no hay expectativa de reciprocidad alguna. Y basta tener un hijo para entender que todas las manifestaciones anteriores del amor, todas aquellas por las que uno antes había jurado vivir y morir, sólo eran pálidos simulacros de ese sentimiento. Si no te duele al respirar, decía el señor, no es amor de verdad. Por eso él se lo decía a su hijo a diario, porque él era consciente del privilegio, agradecido con su hijo por el regalo de sentir algo tan intenso, mucho más grande que él mismo; una emoción que lo rebosaba, que le enriquecía su vida como nada más en el planeta lo podía hacer, y que existía gracias a la existencia de su hijo. ¿Quién te ama?, le preguntaba al niño en medio de un abrazo fuerte y apretado. Y su hijo creció con tanto afecto de su padre que él siempre respondía sin falta, seguro y confiado, sin dudarlo siquiera un instante: tú, papá. Tú me amas.

Hace poco este gran señor falleció y dejó a su hijo huérfano de padre. Y siempre he pensado que, al menos, ese hombre amó a su hijo en el tiempo que tuvo como debía: con locura y a fondo. Y eso bastó para justificar su corta y preciosa existencia.

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