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‘El Mercader de Venecia’

Juan Carlos Botero
23 de diciembre de 2010 – 10:13 p. m.

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EL MERCADER DE VENECIA, CON AL Pacino y dirigida por Daniel Sullivan en el Teatro Broadhurst de Broadway, dura tres horas exactas, pero como siempre sucede con las obras maestras, el tiempo se esfuma cuando comienza la función y al final, cuando cae el telón, uno daría lo que fuera para que durara tres horas más.

Al Pacino hace de Shylock, el judío usurero que le presta una elevada suma de dinero a Antonio, a quien desprecia, a cambio de una libra de su propia carne si éste no le paga en el tiempo acordado. La mezcla de sentimientos que nos despierta Shylock es casi infinita: desprecio, repulsión por su odio e insaciable sed de venganza, rechazo por su obsesión por el dinero, risa con sus astucias y malabarismos verbales, rabia por sus prioridades erradas (no se sabe qué le duele más, la fuga de su hija o el hurto de su fortuna), lástima, dolor ante su trato infame de parte de los cristianos, compasión al verlo forzado a renunciar a su riqueza y a su religión, admiración ante su entereza al ser bautizado, y asombro ante su desafío final, humillado pero no vencido, al ponerse de nuevo su gorro (el kiphá) de judío. La vasta gama de sensaciones que transmiten sus gestos corporales y sus ojos entornados, desorbitados, cerrados por el hastío, la injusticia y el agotamiento, queda resonando en la mente para siempre.

 Al Pacino luce inmenso en esta obra. Pero lo mejor es que no es sólo él. Cada miembro del reparto brilla con luz propia y logra una actuación magnífica. El escenario no es la Venecia del siglo XVII, sino un espacio sobrio y oscuro, salido de la era eduardiana de Inglaterra, dominado por una cinta de cotizaciones de bolsa que alude al reino supremo del dinero. La música es inquietante, y la dirección de Sullivan es de lo mejor que he visto en mi vida.

De otro lado, Shakespeare planea colosal por encima de todo lo anterior. Se sabe siempre, pero siempre sorprende la modernidad de su genio, lo intemporal de su pluma, la vigencia de su humor y la actualidad de sus dramas. Su talento se hace evidente en que, tantos años después de su muerte, el auditorio estalla en carcajadas con sus bromas, llora con sus desgracias y queda atónito con el hechizo de sus palabras. Shakespeare siempre es contemporáneo, y uno de sus mayores logros fue detectar la tragedia que late en toda comedia, así como el humor que yace oculta en toda tragedia.

Al concluir la obra, queda ondulando una estela de lecciones vitales: cuando el dinero define las relaciones humanas, se corrompen hasta los sentimientos más puro y sagrados. Esta obra es una defensa a la igualdad, pero no basada en lo más noble sino en lo más bajo de la condición humana. Soy judío, exclama Shylock. Pero a la vez soy igual a ustedes, los cristianos; el sol me calienta igual, el veneno me mata igual, y las cosquillas me hacen reír como a ustedes. Y si me ofenden, brama con maestría, exigiré venganza, igual que ustedes. Es una sabia advertencia, porque cuando los poderosos (las potencias mundiales, las clases dirigentes, Wall Street, etc.) actúan sin corazón, su ejemplo contamina toda la sociedad, y nadie puede aspirar a que los grupos marginados y oprimidos actúen de manera distinta. En ese momento, parece decir Shylock, perdemos todos. La prueba es el mundo de hoy.

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