El Metropolitan

Juan Carlos Botero
16 de noviembre de 2018 – 12:00 a. m.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Toda persona tiene una debilidad, y confieso que una de las mías es visitar los grandes museos para apreciar las mejores obras de arte del mundo. Entre éstos, uno de los que más disfruto es el museo Metropolitan de Nueva York, y la razón es que nunca desencanta.

Sin duda, de lo que más me gusta de este museo, además de las hermosas galerías del Impresionismo, es pasear por las salas de la pintura clásica europea. Siempre es una experiencia erizante, y no sólo por la pulcritud de los salones y por su colección de obras tan importantes, sino también por el orden, la presentación y las luces discretas que exaltan cada pieza con una elegancia excepcional. En contraste, otros célebres museos del mundo, como el Uffizi o el Pitti de Florencia, a pesar de su clara riqueza son menos agradables, pues el sólo apreciar las piezas es un problema, ya sea por la falta de luz o porque el sol entra de soslayo por las ventanas (y uno se la pasa buscando un ángulo en donde la pintura no brille como si fuera de hojalata), o porque casi nunca hay tarjetas informativas que instruyan al espectador. En cambio, en el Metropolitan, y más en invierno (cuando afuera hay vendedores de castañas en la calle y adentro el ambiente es cálido y acogedor), es un placer ingresar por las inmensas puertas del edificio y subir por la soberbia escalinata de piedra; sentir, allí mismo, en la majestuosidad del espacio, la atmósfera refinada, y luego pasar a las galerías en donde cada obra, colosal o diminuta, está impecablemente expuesta y explicada. Y aunque a menudo me pierdo a propósito por el laberinto de salas, a la caza de nuevos descubrimientos o sorpresas inesperadas (y siempre las hay), sin falta me detengo hechizado frente a La Crucifixión y el Último Juicio de Van Eyck, o Aristóteles con el busto de Homero de Rembrandt, o el Juan de Pareja de Velázquez, o La Virgen y el Niño de Duccio, o el magnífico Don Manuel Osorio de Goya. Pero la mayor ventaja es que esas salas suelen estar casi vacías, y así uno se puede demorar para contemplar los cuadros a sus anchas. Por supuesto, antes de salir al bullicio de la ciudad, siempre bajo al primer piso para visitar la colección de armaduras del Medioevo (admito que parezco un niño olfateando sables, escudos, mosquetes, guanteletes, cascos, ballestas y lanzas), así como el estudio de Federico da Montefeltro (con las paredes cubiertas de láminas finas de madera para producir imágenes en tres dimensiones de los objetos preferidos del duque de Urbino: instrumentos musicales, pájaros en sus jaulas, libros de filósofos y armas de guerra), y también las salas de arte griego y romano, que son espectaculares. Éstas son varias galerías separadas por un largo corredor adornado de preciosas esculturas, con un patio interno y su fuente discreta, llenas de piezas magníficas que reflejan la cumbre artística lograda en ese período de inspiración divina. Al caminar por esas salas bellamente iluminadas, examinando torsos, relieves, bronces, fragmentos, mosaicos y mármoles que encarnan la pureza en el arte, siento como si me hubieran lavado el alma. Y eso es lo mejor de este museo: su efecto tonificante, de purificación espiritual; el contacto con lo sagrado y lo sublime. Y todo en un mismo recinto. Por eso lo recomiendo, irónicamente, a ojos cerrados.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido