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LOS PAÍSES SON COMO LAS PERSOnas: para avanzar necesitan dejar el pasado atrás y darle digna sepultura.
Pero, para eso, es indispensable realizar actos de clausura; pasar la página y cerrar capítulos para que no queden los cabos sueltos, lacerando el alma de las personas.
Eso no sucede en Colombia. Cada día ocurren nuevas tragedias que se suman a las de ayer, las que aún no han sido procesadas y asimiladas de manera definitiva, y así se acumulan en la memoria y en el espíritu colectivo, amontonándose unas sobre otras hasta que el peso resulta aplastante para toda la nación. En efecto, de la misma manera que una persona, luego de sufrir una pérdida irreparable, no puede reconstruir su vida sin hacer el duelo necesario y sin dejar el pasado atrás, en donde no lastime, un pueblo requiere lo mismo: cerrar sus heridas y enterrar, de manera limpia, sus episodios más hirientes. Pero, para eso, la justicia debe atar los cabos sueltos y responder las preguntas esenciales. Un país necesita, en suma, claridad.
Eso, insisto, no pasa en Colombia, y por eso nos quedamos patinando en el mismo sitio, incapaces de avanzar porque seguimos lastrados por tragedias que no hemos podido clausurar. Casi 25 años después, por ejemplo, el holocausto del Palacio de Justicia sigue generando titulares en la prensa de hoy. Varias de las preguntas más urgentes que surgieron de esa tragedia siguen sin respuesta, y a pesar del gran trabajo realizado por la Comisión de la Verdad, y de su importante informe presentado ante la opinión pública, muchas dudas siguen abiertas. ¿En dónde están los cadáveres de los desaparecidos de la cafetería, los que fueron asesinados a sangre fría? Personas como René Guarín Cortés, que lleva todo este tiempo buscando el paradero de su hermana, se merece esa respuesta. Y por el simple acto de formular la pregunta e insistir en la misma, como es apenas natural, este hombre ha sido amenazado y ha tenido que salir del país en varias ocasiones, con su vida en peligro. O sea: además de sufrir la injusticia de su hermana asesinada, René Guarín ha padecido una segunda injusticia: su propia vida amenazada, y luego una tercera injusticia: la falta de respuestas satisfactorias acerca de su hermana. Como René hay muchas más personas. Y el país entero sigue patinando en esa tragedia, y nunca la dejará atrás mientras no haya claridad sobre lo ocurrido.
Así sucede con miles de casos similares, los que continúan sin resolver y por ello, todavía, son noticias hoy. Seguimos leyendo titulares sobre el asesinato de Álvaro Gómez, Carlos Pizarro y Luis Carlos Galán, y las preguntas siguen vivas en torno de los crímenes de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, José Antequera, Jaime Garzón y los miles de muertos, eliminados a bala, de la Unión Patriótica. Seguimos patinando en el mismo lugar. Y por eso, en parte, el país no avanza. Porque el pasado no queda resuelto y despejado, y no queda atrás. En el pasado. Sigue presente, sin la paz o, al menos, la serenidad que brinda un proceso de duelo o de justicia. Quedamos estancados en las noticias de ayer, que siguen siendo las de hoy, y por eso tropezamos: porque no miramos al frente, sino que mantenemos la mirada fija en el pasado.