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El triunfo de las malas ideas

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Así sucede siempre: cada vez que alguien aspira a dividir un territorio compartido, la propuesta se presenta así: “De un lado estaremos Nosotros, los buenos (y, claro, ese lado será el mejor), y del otro estarán Ellos, los malos”.

A veces la gente procura decir las cosas en términos menos burdos, pero en últimas esa es la mentalidad que anima ese tipo de iniciativa, como lo acaba de hacer Paloma Valencia y su idea de dividir el departamento del Cauca entre indígenas que, en su concepto, hacen huelgas y frenan el desarrollo, y la gente blanca que fomenta el progreso y el empleo.

Es inaudito que una senadora ostente, en forma tan clara y descarada, un racismo tan abierto, una opinión del pueblo tan ofensiva y una falta de cultura y de compasión tan extremas. Pero lo que más me impacta, cada vez que escucho una estupidez de ese tamaño expresada con semejante osadía y falta de vergüenza, es pensar en toda la gente brillante, con una sólida formación intelectual, que no tiene la manera de presentar ideas, fecundas y necesarias, que le harían un gran bien al país. Es decir: con frecuencia la resonancia de una idea no depende de su verdad o calidad, sino del poder de quien la expresa. Y no importa si la idea es tonta o discriminatoria; lo que cuenta es el lugar que la persona ocupa en la sociedad, y eso se traduce en acceso a los medios para divulgar sus tesis.

En ese sentido, el caso de Paloma Valencia no es único, ni es el único de ese partido político, cuyos miembros, a menudo, incurren en sandeces que hielan la sangre. ¿Qué tal el trino de María Fernanda Cabal tras la muerte de García Márquez? La parlamentaria publicó una foto del escritor al lado de Fidel Castro y una frase: “Pronto estarán juntos en el infierno”. Aparte de una falta de consideración con la familia del fallecido premio nobel, es insólito que esa burrada monumental, por ser dicha por alguien con poder, tuvo mayor difusión entre la opinión pública que las ideas de docenas de críticos y académicos, eruditos en la obra de García Márquez. En suma: la opinión del experto no se divulga, pero la tontería de la inculta Cabal sí. No hay relación entre el ruido de una idea y su validez, y a veces las tesis que más se deberían difundir no trascienden… sólo porque sus dueños carecen de poder o influencia.

Un ejemplo similar ocurrió cuando Ronald S. Lauder, heredero del imperio de cosméticos, opinó que el artista Gustav Klimt era comparable a Leonardo da Vinci. Claro: el magnate acababa de pagar 135 millones de dólares por el retrato de Adele Bloch-Bauer, el precio más alto pagado por una obra de arte en ese tiempo, y le convenía aumentar el valor de su inversión. Jamás alguien había dicho antes una bobería igual, pero esa tesis, por deshonesta o ridícula que fuera, tuvo más resonancia en el mundo que el juicio contrario de miles de expertos de arte, y todo porque Lauder, con su gran fortuna e influencia, dispone de más acceso a los medios.

En conclusión: la opinión que triunfa en el mercado de ideas no es necesariamente la mejor, ni es la que proviene de la persona más sabia e informada. A menudo proviene, simplemente, de la más poderosa o influyente, y así carezca de cualquier grado de lucidez o tolerancia, como lo acaba de probar Paloma Valencia.

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