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El verdadero peligro no es Trump

Juan Carlos Botero
10 de septiembre de 2015 – 09:24 p. m.

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Es insólito que en un país hecho de inmigrantes, un candidato presidencial trepe en las encuestas atacando a los inmigrantes. Y es inaudito que en un país que respeta a los veteranos de guerra, ese mismo candidato insulte a los excombatientes de guerra. Y es increíble que en un país donde más de la mitad de la población es femenina, este personaje decida ofender a las mujeres. Todo esto es de no creer, y por eso es difícil de entender el fenómeno Donald Trump.

Más aún, se creía que si un político llegaba a cometer uno solo de estos pecados, quedaría quemado para siempre, pues muchos han fracasado por mucho menos. En cambio, Trump ha revelado en público su racismo (lo demostró de sobra al decir que la mayoría de mexicanos que ingresa a EE.UU son criminales y violadores); ha hecho propuestas lunáticas (como construir un muro en la frontera y deportar a 11 millones de indocumentados, cuando alguien ya lo dijo antes: “EE.UU no construye muros, los tumba”); ha insultado a más del 50 por ciento del país (llamando a las mujeres cerdas y perras repugnantes, como le sacó en cara Megyn Kelly); ha injuriado a los veteranos de guerra (como hizo con John McCain, quien pasó cinco años como prisionero de guerra y fue torturado en el infame ‘Hanoi Hilton’ de Vietnam); y ha insultado al presidente en ejercicio una y otra vez (como hizo con Obama al acusarlo de falsificar su certificado de nacimiento). Cualquier candidato, repito, de llegar a cometer uno solo de estos pecados, sería desterrado de la política de por vida. Pero Trump los ha cometido todos, y en vez de caer en las encuestas, ha ganado terreno en la contienda electoral del Partido Republicano.

Habla muy mal de un país que semejante bufón tenga apoyo popular, y habla todavía peor de un partido que este payaso tan racista, misógino e ignorante lidere sus sondeos de preferencia. Es un fenómeno extraño, pero gracias a la firma británica Yougov ahora surge una explicación persuasiva: el respaldo que recibe un político depende menos de los temas que de la persona. Y la triste realidad es que mucha gente en EE.UU admira a Donald Trump, sin que importe lo que diga.

La prueba es esta: cuando a un republicano le preguntan si está de acuerdo con el Acta de Asuntos Públicos de 1975, la cual goza del apoyo del presidente Obama, la mayoría contesta que no, y algunos hasta explican sus razones. Pero hay un problema: esa acta no existe, y sólo se incluye en el cuestionario para medir la favorabilidad de un tema dependiendo, no de su validez, sino de quién lo defiende. Es decir, si Obama apoya el acta, razonan, entonces ellos la deben rechazar, aunque no sepan qué es. De igual forma, cuando se dice que un asunto cuenta con apoyo republicano, los demócratas lo rechazan, y cuando se dice que el asunto cuenta con apoyo demócrata, los republicanos se oponen, aunque las tesis en cuestión sean las mismas. La gente vive ocupada, demasiado, para formular ideas claras sobre temas complejos (el pacto nuclear con Irán, la crisis tributaria, la reforma de la salud pública, etc.), de modo que termina, en gran parte, apoyando o rechazando políticas si las figuras públicas que admiran lo hacen. El electorado discierne menos de lo que se creía, y en una democracia ese es un peligro aún más grande que el ridículo Donald Trump.

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