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Hola, Alejo

Juan Carlos Botero
25 de febrero de 2016 – 09:15 p. m.

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Alejandro Nieto Molina tenía algo de oso de las películas de Disney: grande y corpulento, simpático y locuaz, parecía nunca de afán y siempre de buen humor. Es curioso que alguien de su tamaño se pudiera resumir en una palabra: buenazo.

Eso era Alejo: una gran persona, y cuesta creer que ya no está con nosotros. Toda vida, por larga que sea, es demasiado corta. En el caso de Alejandro eso es doblemente cierto, porque su muerte prematura lo privó de tantas cosas valiosas, y a nosotros nos privó de un gran amigo.

En estos días, después de su repentino pasar, es admirable la cantidad de notas de prensa que se han escrito sobre Alejandro, tanto en Colombia como en España. Todas resaltan su talento de ejecutivo, la novedad de sus ideas y su tenacidad para asumir retos complejos y sacar adelante proyectos empresariales de gran alcance. Su pasión por la radio, que defendió y renovó, no tenía límite. Alejo murió de apenas 48 años, y todas esas notas reflejan lo mucho que logró en tan poco tiempo. Sin la menor duda, Alejandro era un profesional ejemplar.

Sin embargo, mi contacto con él no fue por el trabajo, sino por el lado de la amistad. Lo conocí cuando él y Marcela matricularon a su hija mayor, Paulina, en el colegio en el que estudiaban mis hijas. Y bastó saludarlos para saber que a partir de ese instante empezaba una gran amistad. Cada vez que los vimos, que cenamos en su casa, que hacíamos un plan o viajábamos a diferentes lugares, la amistad crecía y quedaba uno con ganas de volver a verlos y de volver a oír las risotadas de Alejandro que hacían estremecer las paredes de la casa.

Con el paso del tiempo, además, pude ver de cerca una de sus grandes virtudes: su estoicismo. Alejo tenía una condición crónica del corazón, pero jamás le escuché una queja al respecto. Su talante amable, considerado y simpático, se lo impedía. Pero a la vez había algo más detrás de esa actitud: una defensa apasionada por la vida.

Siempre he pensado que una de las cosas más difíciles y huidizas, y lo digo por las escasas veces que lo veo hacer bien, es saber vivir. Y Alejandro sabía. Era claro que él había tomado la decisión hacía mucho tiempo, junto con su esposa, de vivir plena e intensamente. El malestar de su sangre y la fragilidad de su corazón no iban a impedir que él gozara la vida a fondo. Él conocía la delicadeza de su salud, pero no aceptaba ser esclavo de la misma. Por esa razón, cada vez que uno veía a Alejo, seguro porque él sabía lo efímera que es la existencia, parecía que él estaba celebrando el hecho de estar vivo. Eso se notaba en lo mucho que gozaba la música y las corridas, una buena cena, un buen vino, una buena charla entre amigos. Hemingway decía que los únicos que viven de veras son los toreros. Discrepo. Hay quienes tienen una vida menos teatral pero no por eso menos plena. Y Alejo era una de esas personas.

Mis amigos son pocos, pero cada uno es un tesoro, y me alegra decir que Alejandro fue uno de ellos. Presencié el amor por su esposa y sus dos hijitas, Paulina y Florencia. Por eso, no me despido, Alejo. Prefiero saludarte y convidarte a un buen vino, porque los grandes amigos, incluso cuando fallecen, no desaparecen nunca de nuestras vidas. Los llevamos bien guardados en el corazón. Y somos varios los que te llevaremos ahí para siempre.

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