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La era de la irresponsabilidad

Juan Carlos Botero
13 de febrero de 2009 – 09:36 p. m.

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SE SUPONÍA QUE LA ERA DE LA RESponsabilidad por fin había llegado a nuestro tiempo. O así, al menos, lo proclamó el presidente Obama desde que hizo su juramento solemne sobre la misma biblia que utilizó Abraham Lincoln al asumir la presidencia en 1861. En cambio, lo que ha salido a la luz pública es lo contrario: la era de la codicia y la rapiña, y, sobre todo, la de la falta de tacto, sensibilidad y decencia.

En efecto, mientras que el mundo se está apretando el cinturón ante la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, y los países están haciendo lo que pueden para enderezar el rumbo y recuperar la confianza de sus economías, y muchos gobiernos están usando los recursos de los contribuyentes para rescatar entidades financieras que se han despeñado por el abismo (gracias a sus malos manejos y pésimas decisiones administrativas), los culpables de esta catástofre están de fiesta. Y han gastado millones de dólares a la salida.

Las noticias no pueden ser peores. Todos los días las empresas más grandes y en otros tiempos más prósperas, están despidiendo a miles de trabajadores. Mientras tanto, Citigroup, que en los pasados 15 meses perdió casi 30 mil millones dólares y además acaba de recibir, de parte del gobierno de los Estados Unidos (es decir: dinero de contribuyentes), 50 mil millones para evitar la ruina, estaba comprando un jet corporativo para 12 pasajeros por la módica suma de 50 millones de dólares. Por su lado, John Thain, el alto ejecutivo del banco de inversiones Merrill Lynch, el que tuvo que ser comprado por Bank of America para no irse a pique, repartió la plata al final de su mandato como si fuera confite. En plena crisis, mientras se negociaba el perentorio rescate de la entidad y se anunciaban pérdidas por 27 mil millones de dólares, el generoso Thain repartió 4 mil millones de dólares a los jefes de la empresa. De esta suma, cuatro ejecutivos recibieron jugosas primas por 121 millones, y había otra de 40 millones de dólares para el mismo Thain. Para el resto de la crema y nata de la firma, los 700 colegas de alto rango, cada uno recibió un millón de dólares en primas. Lo cual es un poquito extraño, porque se supone que la prima es el premio que ofrece una empresa a sus trabajadores más exitosos, pero estas son las mismas personas que llevaron la entidad a la quiebra. Es como si al capitán del petrolero Exxon Valdez, que se reventó contra los arrecifes de Alaska, derramando 11 millones de galones de crudo en el mar, lo felicitaran por el desastre y lo premiaran por estar borracho al mando de su nave.

Como si eso no fuera suficiente, parece que el señor Thain no estaba contento con los muebles de su oficina, y justo antes de llegar el salvavidas arrojado por Bank of America, mientras la empresa botaba empleados a la calle sin pensarlo dos veces, el ejecutivo gastó más de un millón de dólares para redecorar su despacho, y en vez de comprar la típica canasta de basura de 14 dólares, el exquisito Thain prefirió una que le costó a la firma 1.400 dólares.

Lo grave es que estos ejemplos de excesos y codicia, en manos de los responsables de conducir estas empresas al fondo del océano, mientras los empleados despedidos se tenían que meter la mano al bolsillo para rescatar esas mismas empresas con el dinero de sus impuestos, no se limitan a los casos señalados. Es la cultura que ha prevalecido durante años en las altas esferas del mundo financiero, pues sólo el año pasado las firmas de Wall Street repartieron 18 mil millones de dólares en primas. Como premio por haber arruinado la economía de su país. Y, de paso, la del mundo.

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