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La esperanza y el arte en Colombia

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“La esperanza es un deber”, escribió Jorge Luis Borges. Y con razón.

Cuando existen motivos de sobra para el derrotismo, algo tan simple como mantener la fe, confiar en el futuro y creer en el progreso y en que algún día las cosas mejorarán, cuesta trabajo, se requiere voluntad y tenacidad, y una terquedad a prueba de fuego. El pesimismo en un país como Colombia es entendible, pero lo cierto es que no sólo hay razones para el desaliento. También abundan pruebas de lo contario, y nada lo demuestra más que la proliferación de las artes en el país.

A primera vista la gente se pregunta por qué hay una especie de frenesí artístico en una nación que cuenta con tan poco apoyo estatal para las actividades culturales, y en donde todavía existen tantas necesidades básicas de sus ciudadanos que no han sido resueltas o atendidas. Luego parece claro que no es a pesar de la violencia y de las dificultades cotidianas sino, por el contrario, justamente a causa de las mismas, que estas manifestaciones artísticas son tan abundantes.

Cada año en Colombia hay más festivales de poesía, de cine y de teatro. Hay más exposiciones de arte, más conciertos de música y más ferias del libro que atraen a millares de personas. Las famosas lecturas de poesía que toman lugar en Medellín, una ciudad atormentada por la violencia, son sólo superadas en el número de asistentes por importantes partidos de fútbol. El cine producido en Colombia está viviendo un verdadero momento de auge. Varias escuelas de danza, en particular la de Álvaro Restrepo en Cartagena de Indias, son admiradas en el resto del continente. El Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá es el más grande del mundo, y cada año crece el número de compañías participantes y aumenta la asistencia del público. Cada domingo un promedio de 10.000 personas se dirigen a la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá para sentarse a leer, y eso es más que las 8.000 personas que se instalan en la biblioteca del centro Georges Pompidou en París. Los tres museos del Banco de la República, ubicados en el corazón de la capital, tienen más visitantes por año que personas que van al Campín para ver partidos de fútbol. Y ahora estamos presenciando un relevo notable en todos los campos del arte.

Sin duda, nuestra nueva generación de pintores es quizás la mejor y la más talentosa de América Latina. Nuestros jóvenes cantantes se han convertido en estrellas musicales a nivel internacional. Y una nueva generación de escritores está publicando en España así como en toda Latinoamérica, y también se está traduciendo a otros idiomas. Por supuesto, todos quisiéramos ver más: más arte y más cultura y más de todo, en especial en las demás regiones del país, pero cuando se toman en cuenta el ambiente de tensión y el contexto de pobreza en donde se originan estas creaciones, el resultado es, sin duda, loable. Claro: algunos consideran que estas expresiones artísticas no son más que una forma de negación a nuestra realidad, un mecanismo de defensa, un escapismo para no afrontar las durezas de la vida diaria en Colombia. Prefiero interpretarlas como las manifestaciones más audaces de nuestra vitalidad, la prueba más admirable de nuestra mayor determinación, que es derrotar la fatalidad. En ese sentido, Colombia se merece un buen aplauso.

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