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Mucha gente cree que este proceso de paz es un triunfo de la guerrilla. Las penas no son justas ni corresponden a los crímenes, y los rebeldes van a gozar de ventajas políticas y dineros públicos. Pero la realidad es otra: este proceso significa la derrota de la guerrilla.
De un lado, ésta no se tomó el poder, su meta durante medio siglo. Tampoco se adueñó de vastas regiones de tierra, ni logró cambiar el modelo económico del país, y su ideología quedó barrida por la escoba de la historia. Además, se demostró en forma irrefutable que el cambio social no se logra mediante la lucha armada. Mejor dicho: su proyecto político fracasó, y por eso las Farc se han sometido al proceso de paz.
Sin duda, Colombia ganó esta guerra. Nos toca pagar un alto precio por terminar el conflicto armado más largo del continente, pero ese costo, por alto que sea, es muy inferior a continuar la guerra.
En este debate, como sucede en la vida, hay que sopesar lo que apetece versus lo que conviene. Muchos piden venganza por los horrores cometidos por las Farc, pero conviene embridar esos deseos si nos interesa el futuro de Colombia. A muchos les apetece tirar el proceso por la borda e iniciar una nueva negociación, como pide Uribe, pero conviene recordar que este acuerdo, a pesar de sus defectos (y cualquier otro también los tendría, y quizá hasta peores), se logró tras varios años de tenaz negociación y su resultado es admirable, nada menos que una proeza de Humberto de la Calle y su equipo de trabajo. A pocos nos apetece perdonar a las Farc o pasar la página, porque fueron demasiados sus crímenes, pero a todos nos conviene, por duro que sea, dejar este espantoso pasado en el pasado, en vez de vivir en una eterna y sangrienta guerra de nunca acabar.
Lo cierto es que hay una falacia central de quienes apoyan el No. La teoría es que, con una nueva negociación, se juzgaría a la guerrilla como debe ser. Pero (lo he dicho antes) las Farc no fueron derrotadas en combate, así que jamás se van a someter si es para terminar tras las rejas. Pero hay un problema todavía mayor, y es que la justicia colombiana, por desgracia, sigue siendo imperfecta. Pensar que ésta podría juzgar a la guerrilla y castigarla como es debido es una fantasía. Y basta un solo ejemplo para probarlo: el Palacio de Justicia.
Así es. Todavía no hay claridad absoluta (ni justicia) sobre esa tragedia. Esta masacre ocurrió en pleno centro de la capital, a la vista de todos, a dos cuadras del Palacio de Nariño, y fue juzgada por las autoridades con miles de testimonios, declaraciones de testigos, fotografías y videos, y hasta una Comisión de la Verdad que hizo un gran trabajo por aclarar los hechos. Pero aun así, más de 30 años después, no hay certeza total sobre lo ocurrido y todavía no se ha condenado, con justicia, a todos los culpables. ¿Cómo sería entonces el procesamiento de los delitos de las Farc, cometidos durante 52 años, en pueblos remotos y en la selva colombiana, para lograr una justicia satisfactoria? La propuesta del No, iniciar un nuevo proceso para buscar la verdadera justicia, implica hundir el acuerdo y seguir la guerra. Pero entre una justicia imperfecta y una paz imperfecta, yo prefiero lo segundo. Y seguro que así lo preferirán todas las futuras víctimas de la guerra, si ésta continúa.