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La infalible idiotez nacional

Juan Carlos Botero
22 de diciembre de 2011 – 06:00 p. m.

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¿Cuál es el problema más grave de Bogotá? ¿La falta de vivienda? No. ¿El desempleo? Tampoco.

¿Las inundaciones con sus enfermedades y delizamientos de barrios enteros? Jamás. ¿La creciente inseguridad? Menos. ¿El caos del tráfico? Nunca. ¿La crisis de los hospitales, la corrupción o la infraestructura en ruinas? Nada. El problema más serio, por el que millones de bogotanos exigen a gritos un cambio urgente, es el nombre de su aeropuerto.

Bueno, al menos eso parecen creer nuestros representantes. Hace unos años, el Congreso de la República, gastando su tiempo en una de sus mayores tonterías, decidió cambiar el excelente nombre, El Dorado, por el Aeropuerto Luis Carlos Galán. A Simón Gaviria, ponente del proyecto de ley, se le fueron las luces en esa necedad. El país admira al hombre que murió defendiendo sus ideas, víctima del narcotráfico, pero no por ello era conveniente cambiar el nombre del aeropuerto más importante de Colombia. La Aeronáutica Civil protestó. La gente también. El Gobierno resaltó los enormes costos que implicaría (cambio de nombres de rutas, papelería, la nomenclatura de los sistemas de navegación, etc.). No sirvió de nada. Y ahora, para rematar la primera estupidez, el Congreso incurrió en una segunda y todavía mayor: imponer un nombre impronunciable: Aeropuerto Internacional El Dorado Luis Carlos Galán.

Honrar la memoria de Galán es importante. Pero esta propuesta, de la peor estirpe de lambonería política, no enaltece su nombre. Lo banaliza. Galán, seguro, sería el primero en oponerse a esta ridiculez. Teníamos un gran nombre, El Dorado, con hondas raíces históricas, ecos de leyenda, fama mundial y la virtud adicional de que se podía pronunciar en cualquier idoma. Lo cual no sobra cuando brama la tormenta, el combustible se agota y un piloto extranjero, cansado por horas de silenciosa tensión, se tiene que comunicar con la torre de control.

Todo esto daría risa si no fuera por la colosal y deprimente pérdida de tiempo mientras la capital atraviesa la peor crisis de su historia. Se han gastado horas en esta bobada. Hasta la Corte Constitucional se pronunció al respecto. Con tantos problemas tan graves, ¿gastamos el tiempo en estas sandeces? Aunque siempre es así: cuando un político comete un error, el costo lo asume toda la nación.

Claro, no es la primera vez que ocurre una estupidez de este tamaño. En Cartagena sucedió otra comparable: se cambió el nombre del Teatro Heredia, inspirado nada menos que en el fundador de la ciudad, por el de Teatro Adolfo Mejía. Lástima. Son nombres históricos, establecidos y hermosos, y por culpa de un acto monumental de lagartería política se cambian sin beneficio alguno, con costos gigantes, y una pérdida de tiempo que se podría invertir en resolver problemas dramáticos. Que los políticos no arreglen lo que está dañado es grave. Pero es todavía peor que dañen lo poco que está bueno.

En fin, el clima es variable. La paz evasiva. La seguridad incierta y la economía impredecible. A menudo dudamos de la honestidad de nuestros gobernantes, del talento de nuestros deportistas y de la solidez de nuestra infraestructura. Pero hay algo con lo que podemos contar siempre en Colombia: la idiotez nacional que sin remedio sale a flote, dañando lo poco que funciona.

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