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SI ALGO REFLEJA LA POBREZA DEL arte actual es su falta de autonomía. Es decir: la necesidad de que las obras vengan acompañadas, con frecuencia, de una explicación que descifre el performance, el montaje, la imagen, el video o el happening para que sea comprensible.
En toda la historia de las artes es la primera vez que sucede un fenómeno semejante, pues siempre se ha sabido que el requisito elemental para que una obra de arte exista es, justamente, su soberanía, su capacidad de defenderse por sí sola, su calidad mínima y su claridad suficiente para que se pueda apreciar (entender por sus propios medios y disfrutar por sus propios méritos) sin intermediarios. Una obra de arte dependiente es una contradicción de términos.
Esto no significa que todo arte posee la misma transparencia. Unas obras son más accesibles que otras. O que dichas obras no se han beneficiado de los estudios que se han realizado para debatir sus aportes o defectos. Sin embargo, esto tampoco significa que sin estos textos las obras serían imposibles de apreciar. Ha pasado que no sabemos nada de una creación y, aún así, al vernos delante de ella, quedamos mudos del asombro.
Por ejemplo: las pinturas de las cavernas en Altamira, y cierto arte primitivo. Y también los caballos en bronce dorado que están en San Marcos, Venecia; la cuadriga de corceles robada de Constantinopla en 1204, pues aunque se cree que es obra de un escultor griego, quizás del siglo IV a.C. (tal vez del Templo del Sol, en Corinto), la verdad es que su origen es un misterio. No obstante, las expresiones casi humanas de las bestias, la viveza de los ojos y los ollares dilatados como si estuvieran resoplando en estertores, conmueven a quien tenga el privilegio de ver estas majestuosas figuras de cerca.
En cambio, con el arte conceptual de hoy a menudo sucede lo contrario. Muchas piezas ni siquiera tienen sentido sin la explicación de un tercero. En Nueva York se subastó la obra Cuarto, de Thomas Demand: una fotografía de una oficina moderna vandalizada, con muebles rotos y papeles regados por el suelo, y no significaba nada hasta que Sotheby’s aclaró que la imagen estaba inspirada en una foto de las oficinas de Hitler, luego del atentado de 1944. O sea, sin esa explicación a la mano y sin la fotografía original (una de millones tomadas durante la guerra), esta imagen carece de sentido.
Esto sucede cada vez más en el mundo del arte. Anya Gallaccio expuso su escultura Arte uno: un árbol sin hojas, sostenido con cables de acero. Aun así, el New York Times alabó sus resonancias metafísicas y su “poesía arbórea”. Keith Broadwee hace sus cuadros expulsando chorros de pintura por el ano, y Günther Brus se presentó en un escenario, orinó y defecó ante el público, y luego se masturbó cantando el himno nacional de Austria. Chris Burden se hizo crucificar sobre un carro; Ana Mendieta le cortó la cabeza a una gallina y se untó la sangre en el cuerpo; Bob Flanagan martilló su pene con un clavo a una tabla, y Piero Manzoni envasó sus materias fecales en latas firmadas, una de las cuales se remató por US$162.206. En estos casos no faltaban textos que hacían piruetas intelectuales para explicar las obras y aplaudir sus “valores estéticos”.
La situación es tan grave, que hace poco el New York Times comparó a Richard Serra, el escultor de planchas gigantes de metal oxidado, con Miguel Ángel. Y en diciembre de 2004 Gordon’s, la firma que patrocina el Premio Turner (uno de los más famosos de las artes), realizó una encuesta entre 500 personas de la cultura en Inglaterra, para determinar cuál obra de arte del siglo XX había sido la más influyente de todas. No era fácil, porque entre las candidatas sobresalían pinturas como Guernica y Las damas de Aviñón de Picasso, y El estudio rojo de Matisse. ¿La ganadora? Fuente, el orinal de Marcel Duchamp de 1917. Sería gracioso si no fuera tan patético.