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La torpeza de la guerrilla

Juan Carlos Botero
20 de noviembre de 2014 – 08:11 p. m.

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Qué tipos tan brutos.

Porque al secuestrar al general Alzate, lo único que han logrado las Farc es precipitar un proceso que les conviene dilatar. Y la razón no es sólo que la opinión pública ya está harta de tanto cinismo e incoherencia, sino que si el presidente pierde el respaldo del pueblo, que lo llevó al poder por segunda vez en busca de la paz con la guerrilla, tendrá razones de sobra para decir no se pudo. Y dejar escapar los mastines de la guerra.

Si algo quedó en claro de este lastimoso episodio, es que la guerrilla en Colombia, como un ejército serio y organizado, es un mito. Los jefes no controlan sus frentes, y muchos frentes actúan sin atención a lo que se pacta en La Habana. Y aunque nos alarma pensar que se trata de una estructura llena de ruedas sueltas, lo cierto es que las Farc son un grupo insurgente debilitado militarmente, deslegitimado ante la opinión pública, caótico en su organización interna, y desprovisto de cualquier argumento que pueda justificar su existencia. En ese sentido, conviene recordar que, por más que se cuestione el proceso de paz, la más interesada en este experimento de la reconciliación debería ser la guerrilla. Y por varias razones.

La primera es que la situación actual de la insurgencia es muy diferente de hace unos años. Antes, cuando las Fuerzas Armadas no eran fuertes ni estaban armadas, un guerrillero podía durar toda la vida en la selva y hasta morir de viejo. Es diciente que los más conocidos líderes de la subversión, como Tirofijo y Jacobo Arenas, hayan muerto de muerte natural, rodeados de un ejército inmenso, y sin ser acosados por la Fuerza Pública. Eso cambió hace rato y cambió para siempre. Hoy la guerrilla está reducida; pasó de contar con más de 20.000 insurgentes a menos de 7.000, y ahora las Fuerzas Armadas están bien dotadas, con recursos y alta tecnología, y con capacidad de inteligencia para asestar golpes fulminantes. Después de la muerte del Mono Jojoy, de Raúl Reyes y de Alfonso Cano, que sólo duró tres años como comandante de las Farc antes de caer abatido en un ataque militar, la lección es clara: guerrillero que no se someta al proceso de paz morirá violentamente, y morirá pronto.

Además, este proceso de paz, a pesar de los tropiezos naturales de una negociación de esta complejidad, estuvo bien diseñado desde el comienzo, tomando en cuenta las lecciones del pasado. No habría zonas de despeje, que antes la guerrilla sólo utilizó para protegerse, fortalecerse y esconder secuestrados. Tampoco habría cese al fuego, una pausa en la guerra que la subversión aprovechó para tomar aliento. Por todo esto la situación es muy diferente ahora, y la gente tiene que cambiar de mentalidad y no seguir pensando con parámetros obsoletos. Hoy, el Estado tiene la certeza de que, tarde o temprano, le ganará a la guerrilla. Hace 20 años esa certeza no existía. Y la que más va a perder si no se somete al proceso de paz es una insurgencia que será destruida por las armas. Pueden hacer el teatro de ser triunfadores del proceso, saliendo en la foto haciendo la V de la victoria, o pueden esperar a que les caiga la muerte del cielo. Ellos deben escoger. Pero si escogen mal, eso sólo confirmará que el país ha sido víctima, durante décadas, de unos tipos que son, ante todo, unos brutos.

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