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Sin duda, los antiguos le dieron al planeta un nombre errado. Porque si es por el elemento que más abunda se debió de llamar Agua. Más aun, durante siglos se creyó que los mares formaban la menor parte del globo.
Claudio Ptolomeo (padre de la geografía moderna y cuyas ideas acerca del universo prevalecieron hasta Copérnico en el siglo XVI) concibió el planeta como una esfera e inventó el sistema de medición cartográfica que usamos hoy, empleando los conceptos de latitud y longitud para dibujar nuestros mapas. Y el griego Eratóstenes, en el siglo III antes de Cristo, midió el contorno del planeta y se equivocó por casi nada; según sus cálculos, la Tierra tenía una circunferencia de 25.200 millas, cuando hoy se sabe que son 24.860; o sea que aquel geógrafo y bibliotecario de Alejandría sólo falló por 340 millas. Y Aristóteles sabía que la Tierra era redonda debido a la esfericidad de otros cuerpos celestiales, y a la curvatura que la sombra de nuestro planeta traza sobre el rostro de la Luna en noches de eclipse. Aun así, todos los hombres del pasado, incluidos los navegantes, creían que las aguas constituían apenas una fracción del planeta.
En verdad vivimos rodeados de inexactitudes. Por ejemplo, la palabra “océano” proviene del vocablo griego okeanos, que significa río, y hace referencia al torrente descomunal que los antiguos creían que fluía en torno a la Tierra y al dios que regía sus aguas. Y Mediterráneo se llamó así porque, a principios del Medioevo, los geógrafos de la época creían que ese mar estaba ubicado “en la mitad de la tierra”. Las Indias Occidentales y sus habitantes, los indios, fueron nombres que surgieron del error de Colón, quien murió creyendo que había alcanzado la costa oriental de la India. E igual ocurre con América, cuyo nombre no nació de la perversidad de Américo Vespucio, sino de la publicación de un modesto cartógrafo alemán, Martín Waldseemüller, el cual, al oír de los viajes del notable florentino, sugirió ponerle ese nombre tan sonoro a la tierra recién descubierta, ya que Vespucio fue el primero en comprender que se trataba de un continente distinto. Y el célebre “mar del Sur”, visto por el primer europeo, Vasco Núñez de Balboa, en 1513, fue llamado Océano Pacífico por Magallanes en 1520, porque él fue el primero en cruzar esa extensión tan vasta de agua, y basado en su travesía que duró tres meses y 20 días y fue de las más terribles, debido a que un gran número de su tripulación murió de hambre y sed, erróneamente lo creyó ‘pacífico’ porque, en medio de las penurias, la expedición contó con buenas condiciones atmosféricas. Lo cierto es que ese océano es el más grande y profundo de todos, y por lo tanto es el más violento y peligroso. Hasta palabras tan comunes como “abismo” a menudo se originan en falacias, ya que ese término también proviene del griego y significa “sin fondo”, cuando hoy sabemos que todas las aguas, tarde o temprano, tocan tierra firme.
En fin, se podría seguir hasta el cansancio, pero es diciente que varios de nuestros términos más cercanos y confiables, los de mayor uso diario, están basados en errores. Mejor dicho: en inexactitudes que lentamente se han convertido en “verdades”, y verdades que nunca se cuestionan. Es decir, sin darnos cuenta, vivimos rodeados de mentiras.