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Lo contrario no es incompatible

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Lo malo de un país polarizado es que cada bando es reacio a aceptar las opiniones del bando contrario, porque se piensa que, si uno de ellos tiene la razón, entonces no es posible que el otro la tenga también. Es decir: hay una batalla por la verdad, porque se cree, erróneamente, que las opiniones contrarias son incompatibles. Y eso, curiosamente, no es cierto.

Por ejemplo: la economía. En mi columna anterior señalé una realidad confirmada por todas las entidades que analizan el desarrollo de Colombia y su papel en los mercados internacionales, y es que el país ha progresado mucho, a nivel macro, en la última década. También señalé, desde luego, que esas mejorías (repito: a nivel macro) tardarán mucho, por desgracia, en traducirse en curas tangibles para la mayor parte de la gente que hoy está en la calle. ¿Significa eso que es preferible que ese progreso económico no se haya dado? No. ¿Significa eso, como anotó una forista iracunda, que alguien como yo piensa, ingenuamente, que se acabaron los males del país por acto de magia? Tampoco. Significa apenas que Colombia, en términos económicos y sociales, ha progresado en forma cuantificable en los últimos diez años. ¿Por qué una noticia tan positiva genera tanta rabia? Porque se cree que aceptar una cosa implica rechazar la otra, y si admitimos que el país ha progresado en algún frente, se está negando la persistencia de graves problemas como la injusticia o la desigualdad.

No es así. Otros casos lo confirman. La India, por ejemplo. Miembro del BRIC, es la segunda economía de más rápido crecimiento en el mundo, sólo después de la China. En cuatro años su economía será mayor que la de Italia, y su pobreza se ha reducido a la mitad que existía hace 20 años. Pero, ¿aplaudir ese avance significa que se acabó la miseria en el país? No. En la India caben varios Silicon Valleys, pero también tres Nigerias: más de 300 millones de personas (el 40% de la pobreza mundial) que subsisten con menos de 1 dólar al día. O sea, semejante progreso, paradójicamente, no niega la verdad contraria: que aún persiste la penuria para la cuarta parte de la población hindú.

Algo similar sucede en Colombia con cada tema que polariza a la opinión, y el mejor ejemplo es Álvaro Uribe. Los defensores del expresidente rechazan, iracundos, cualquiera acusación de abusos cometidos durante sus ocho años de gobierno. Y los opositores de Uribe desconocen, furiosos, cualquier acierto a lo largo de su gestión. La verdad es que ambas posiciones, aunque opuestas, tienen algo de razón: en los años de Uribe el país mejoró en varios frentes: la seguridad, la economía, la inversión extranjera, la reducción de la violencia, etc. Pero también es cierto que sus dos períodos crearon graves excesos que ahora son claros: chuzadas, falsos positivos, Agro Ingreso, corrupción, abusos a derechos humanos, etc. ¿Decir una cosa implica que sea falsa la otra? No. ¿Aplaudir el crecimiento de la economía es ignorar los falsos positivos? Tampoco. La verdad es que el admirable estadista que era Uribe es el mismo que hoy se revuelca en riñas vulgares, bravuconadas de burdel y rabietas infantiles. Son verdades contrarias, sin duda, pero compatibles, de la misma manera que la cara y la cruz son lados de una misma moneda.

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