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Lo peor de las tesis absurdas es que siempre hay alguien dispuesto a creerlas.
Y si la persona que las proclama en público es un líder carismático y popular, y lo hace con firmeza y convicción, en tono patriotero y apasionado, entonces todavía más gente las va a creer, así diga disparates, y así esos disparates sean suicidas. La historia está llena de fanáticos que han convencido a pueblos enteros de las ideas más infames e irracionales, y desde hace años eso es lo que está pasando en Colombia con el expresidente Álvaro Uribe.
Desde el inicio del Gobierno actual, Álvaro Uribe entendió un hecho alarmante: que él podía opinar lo que fuera sin mayor problema y con total impunidad. Los costos eran pocos y manejables, y no había límite a lo que podía decir o inventar. Incluso siendo un expresidente de la República, él podía acusar al presidente en turno (quien había sido su propio ministro estrella) de cuanto quisiera, y entre más insólita y escandalosa la acusación, mejor. O sea: mayor resonancia nacional, mayor atención de la prensa, mayor protagonismo y mayor daño causado al Gobierno. Por eso Uribe ha calificado a su sucesor de mentiroso, mafioso, delincuente, vendepatrias y mil otros adjetivos demenciales.
No se trata aquí de defender al presente Gobierno. Cada uno tendrá su propia opinión sobre la calidad de la gestión del presidente Santos. No obstante, lo que resulta inaceptable, bajo ninguna circunstancia, es que un expresidente se refiera en estos términos a un jefe de Estado en ejercicio, que lo ataque sin prudencia o sensatez, y que invente cualquier tesis sin prueba que la respalde. En efecto, cada vez que la justicia o los medios le han pedido a Uribe que presente evidencias sobre alguna de sus muchas denuncias, no ha ofrecido la primera. Y así insiste, torpedeando la gestión y fabricando mentiras sin reparo, pruebas o mesura.
Incluso una de sus falacias más lunáticas es que Santos le va a entregar el país al Castro-chavismo. Ésa es una idea tan absurda e irresponsable que resulta increíble que gente pensante la crea. Pero como viene del expresidente, esa acusación ha calado en el debate nacional, y por eso es la más imperdonable de todas.
Todavía peor: es una tesis demente pero difícil de refutar. Porque, ¿cómo se demuestra lo contrario? ¿Cómo se prueba que Santos no le ha vendido el país a los Castro y a Maduro? Los hechos señalan lo contrario, claro está, pero ésa es la trampa: la acusación no se basa en hechos, y lo que importa no es su validez (obviamente no tiene ninguna), sino el daño que hace y los puntos que pueda anotar Uribe contra Santos, sin que importe nada más, empezando con el bienestar de la nación.
El país tiene los dedos cruzados, deseando que el proceso de paz de La Habana llegue a la recta final. Lo triste es ver que quien más se ha opuesto a que cese este conflicto de 50 años, y que se desmovilice una fuerza insurgente culpable de miles de ataques, secuestros y asesinatos, es un expresidente de la República que no ha vacilado en alimentar las llamas del odio y del miedo con infundios y mentiras. Entre tanto sus seguidores siguen alabando sus locuras, repitiendo sus acusaciones falsas y temerarias. Lo dijo antes Milán Kundera: “eres un ingenioso aliado de tus sus propios sepultureros”.