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Lo primero que sucede, al ingresar por la gran puerta del Park Avenue Armory, el antiguo edificio del 7o regimiento militar de Nueva York, es que un hombre vestido de monje te calza una pulsera con el nombre de uno de los clanes ancestrales de Escocia. La gente recorre los salones recién restaurados, que mantienen un aire gótico en los muebles, blasones, banderas y estandartes, cuando suena una voz que exclama el nombre de cada clan, y así va ingresando el público, por grupos, al recinto en donde el famoso actor, Kenneth Branagh, ha producido el magnífico drama de William Shakespeare: Macbeth.
El recinto es un espacio vastísimo y oscuro, de techos tan altos que no se perciben en la negrura, y un estrecho sendero de piedras que serpentea sobre un suelo de tierra, con los mismos monjes, sosteniendo antorchas que parpadean, iluminando el camino a medias. La gente avanza hacia una estructura primitiva que recuerda las rocas monumentales de Stonhenge, y ocupa su puesto en las gradas que, de ambos lados, se elevan frente a un espacio largo y rectangular, tapizado de tierra. De pronto, en medio de esas rocas que sugieren ritos de sacrificios milenarios, surgen las tres brujas barbudas, flotando en el aire, preguntando a gritos cuándo será su próximo encuentro y su cita con Macbeth. En seguida, las figuras fantasmales se esfuman y suena el extraño repiqueteo de gotas de agua al caer del cielo. En esas, sin saber cómo ni de dónde, se precipita un aguacero sobre el rectángulo central de tierra, y entonces aparece Macbeth, espada en mano, salpicado de barro, dirigiendo la batalla, un furioso combate entre soldados con aceros que chocan y resuenan, revolcándose en la tierra sucia de lluvia y sangre, luchando como si les fuera la vida en ello.
Y les va. Macbeth, magistralmente actuado por Branagh, es triunfador, y al cabo del combate divisa en la bruma a las tres brujas que aparecen y predicen su futuro. A partir de entonces el espectador siente el vértigo de una trepidante acción sin fin; la famosa tragedia, violenta y atroz, en donde los actos están envueltos en las palabras de Shakespeare que gotean belleza y terror, y en donde las palabras tienen el filo de dagas. La relación entre Macbeth y su esposa (la célebre actriz Alex Kingston) es de una carnalidad salvaje, con la adrenalina de la batalla mezclada con un apetito sexual lascivo, y los dos parecen atrapados en una espiral de ambición sanguinaria, planeando la muerte del rey que es huésped en su castillo. Es el comienzo del fin. Tras asesinar al rey, hundiendo las manos en su sangre hasta los codos, se desata el drama que la llevará a ella a la locura y al suicidio, mientras que su marido continúa matando amigos y rivales hasta padecer visiones, su cerebro “lleno de escorpiones”. Así avanza la tragedia hasta que el bosque de Birnan parece marchar hacia el castillo, como profetizaron las brujas, y son las tropas de Malcolm y Macduff que han cortado ramas para camuflar su asalto de venganza y muerte al tirano.
La experiencia teatral es única. El efecto de luces, sonidos y actuación es tan intenso que al final, al salir a la calle, la noche parece extraña en su silencio, porque tras las puertas todavía resuena el eco de la batalla, con gritos y aceros que chocan, escupiendo chispas.