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Matar a los gais. Lo ordena la Biblia

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«Lo que hay que hacer con los homosexuales es cercarlos con una gran alambrada eléctrica, de 100 millas de largo, y matarlos. Exterminar a los maricas y a las lesbianas, o dejar que se mueran solos, porque como no se pueden reproducir, a la larga serán borrados de la faz de la tierra».

Esta frase, que parece dicha por Hitler en 1939, se oyó el pasado 13 de mayo en EE.UU. ¿Y quién se atreve a decir algo así? Nadie menos que un sacerdote. Un hombre de fe. Es Charles Worley, pastor de Carolina del Norte, y lo más aterrador no es sólo su propuesta genocida, sino el gran número de fieles que lo han apoyado.

El sermón del pastor constituye una incitación al crimen y al asesinato. En esencia, es la misma propuesta de Hitler, la Solución Final diseñada por Heinrich Himmler: una cerca, como en los campos de concentración, para matar a millones de personas indefensas, de manera sistemática y sin pensarlo dos veces.

¿En qué se basa este odio y esta intolerancia?

En la Biblia.

O mejor: en una lectura errada de la Biblia. Y es errada por ser textual. Worley cita a la Biblia una y otra vez en todos sus sermones. Y su parroquia anuncia: “No ofrecemos disculpas por creer que la Biblia es palabra de Dios”.

Sería fácil descartar esta virulencia como el delirio de un fanático, alejado del auténtico espíritu cristiano. Pero el fenómeno es recurrente, y viene de leer la Biblia en forma literal. Lo he dicho antes: una cosa es acudir al Libro Sagrado como apoyo espiritual y otra muy distinta es seguir, al pie de la letra, un texto escrito en el desierto hace tres mil años. Más aún: quien lo haga hoy en día acabará actuando, tarde o temprano, en contra de la palabra de Dios.

No hace mucho recordé varios mandatos que riñen con nuestro tiempo. Pero hay más. Por ejemplo, según la Biblia está prohibido acudir a un vidente o a un mago (“No practicaréis la adivinación ni la magia”. Levítico 19:26). O podarse la barba y cortarse el cabello en redondo (“No os raparéis en redondo la cabeza ni raeréis los lados de vuestra barba”. Levítico 19:27). Se prohíben los tatuajes (“No os haréis incisiones en vuestra carne por un muerto ni imprimiréis en ella figura alguna. Yo, Yavé”. Levítico 19:28). Es obligatorio lapidar a la virgen casada que engaña a su marido (“Los llevaréis a los dos a la puerta de la ciudad y los lapidaréis hasta matarlos”. Deuteronomio 22:24). El hijo de una pareja divorciada no podrá formar parte de la Iglesia, incluso hasta la décima generación (“El fruto de una unión ilícita no será admitido en la asamblea de Yavé; ni aun a la décima generación”. Deuteronomio 23:2). No se acepta que la mujer hable en misa (“No es decoroso para la mujer hablar en la iglesia”. 1 Corintios 14:35). La mujer que se case sin ser virgen deberá morir (“Las gentes de la ciudad la lapidarán hasta matarla”. Deuteronomio 22:21). Está prohibido probar una morcilla (“Nadie de entre vosotros comerá sangre”. Levítico 17:10) o una anguila (“Todo cuanto en las aguas no tiene aletas ni escamas lo tendréis por abominación”. Levítico 11:12).

En fin, no critico la fe. La fe es un asunto privado. Al revés: conviene protegerla, pero a menudo no de sus críticos, sino de sus defensores como Worley. Quien predica la muerte termina matando sus propias ideas. Y eso se llama progreso.

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