Miguel Ángel, un genio divino y humano

Juan Carlos Botero
22 de febrero de 2018 – 09:30 p. m.

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Lo mejor de la extraordinaria exposición de dibujos de Miguel Ángel en el museo Metropolitan de Nueva York es que revela la tenacidad de este genio del Renacimiento: los tanteos de su exploración, las huellas de su búsqueda, los versos anotados en los márgenes, y los incontables ensayos de ojos, posturas, rostros, labios, manos y dedos de los pies. Incluso, al ver estas hojas tan delicadas que han sobrevivido los azares de los siglos, se siente uno espiando por encima de su hombro mientras el maestro traza las líneas, apreciando la humanidad del genio y su genialidad tan humana.

La muestra en sí es excepcional. Carmen Bambach, la curadora, logró algo nunca hecho antes: reunir, de las 50 colecciones más importantes del mundo, 200 obras, de las cuales 130 son dibujos de la mano de Miguel Ángel. Y es excepcional por otra razón: son tan frágiles estas piezas que no se pueden exponer, ni a la tenue luz de la penumbra, por más de tres meses para que no se desvanezcan los trazos. Y es aún más especial si recordamos que Miguel Ángel hizo cuatro grandes quemas de sus papeles a lo largo de la vida, para borrar los secretos de su maestría y los rastros de su aprendizaje. En suma: contemplar estas hojas es nada menos que un milagro.

La muestra incluye el primer boceto de Miguel Ángel, hecho en 1492, cuando era un aprendiz en el taller de su maestro Domenico Ghirlandaio, y también los dibujos que regaló a amigos, amantes y príncipes; los diseños de arquitectura para castillos y fortalezas, la cúpula de San Pedro, la tumba de Julio II, la iglesia de San Lorenzo, y los estudios que sobrevivieron para los frescos de la capilla Sixtina, tanto los de la bóveda que el maestro pintó, de pie, con la pintura goteando sobre su rostro, entre 1508 y 1512, y los del gran mural del Juicio Final, pintado entre 1536 y 1541. Para rematar, el museo ofrece algo magnífico: una reproducción exacta, a escala, de la famosa bóveda de la capilla Sixtina.

Sin embargo, lo mejor es el arte del dibujo. Porque pocos medios le exigen tanto al espectador. Se precisa silencio y paciencia para arrimarse y apreciar la topografía del lápiz o la pluma sobre el papel: los trazos, los borrones, los pentimenti y las correcciones. Ver las notas como advertencias que el maestro usará en su pintura: el punto exacto donde termina un músculo y comienza otro, el lugar preciso del pliegue de la piel, el número de costillas que deben de lucir visibles bajo la carne. Y revela la investigación exhaustiva, la labor titánica del genio, los muchos estudios que anticipan la imagen final. Y si a lo último ésta es tan perfecta, es por un empeño insaciable de alcanzar la excelencia y la belleza sublime. Y estos dibujos tan sutiles delatan ese esfuerzo.

Al final, se intuye una conclusión conmovedora: aquí existe un talento innato indiscutible y una inspiración divina, pero, sobre todo, que el genio se forma, se hace, es el resultado de una perseverancia sobrehumana, y su pericia es el fruto de años de sudar, buscar y pensar. Practicar sin cesar hasta dominar el oficio. Que su mayor obra es sí mismo, un ser capaz de concebir esas obras y trazar esas líneas, esculpir esas figuras y pintar esas imágenes. Por eso a la salida sólo queda inclinar la cabeza en reverencia, y agradecer que este maestro haya existido.

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