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Siempre he creído que la tarea principal de un columnista de opinión es, en la medida de lo posible, aportar luces sobre la realidad y sus debates y conflictos. Quizá por eso una de las trampas más peligrosas en las que puede caer un columnista es alejarse de los hechos para soñar con fantasías y pensar con el deseo. Sin embargo, ahora que nos despedimos de un año y celebramos la llegada de otro, tal vez es válido hacer un recuento de las cosas que esperamos (y deseamos) que sucedan en el 2019.
Por ejemplo, ojalá el pueblo de Venezuela por fin saque a Maduro a patadas de la Presidencia. Es criminal que un país con semejante riqueza haya descendido a la inseguridad absoluta, con tasas de inflación que recuerdan las de la posguerra, más la peor ruina económica de su historia moderna.
Ojalá las grandes potencias, empezando con EE. UU., de veras comprendan la gravedad de la crisis del calentamiento global y tomen medidas para impedir una catástrofe mundial.
Ojalá el suicidio de brexit, ese triunfo electoral logrado con mentiras, se deshaga sin graves consecuencias, porque de lo que el mundo más necesita en este momento, y más ahora que Merkel se va y que Macron está contra las cuerdas, es una Europa fuerte y unida.
Ojalá la gente aprecie uno de los mayores triunfos de los últimos años: la asombrosa reducción de la pobreza mundial. Aunque falta mucho en este campo, pasar del 36 % del mundo viviendo en la pobreza extrema en 1990 al 9 % en el 2017, ha sido una de las proezas más extraordinarias de la humanidad.
Ojalá el informe de Mueller en EE. UU. logre lo que parece imposible: que los republicanos, a los que sólo les importa el poder, por fin entiendan que existen cosas superiores, como el país y la democracia estadounidense, y le quiten su apoyo a un presidente que es claramente misógino, racista, inepto, corrupto y, peor aún, un traidor a la patria.
Ojalá los defensores de la NRA finalmente entiendan que su maldito derecho de poseer un arma de fuego no es más sagrado que la vida de miles de chicos que mueren cada año en una llovizna de balas.
Ojalá mucha gente comprenda que su racismo de salón sigue siendo racismo.
Ojalá más ricos sigan el ejemplo de Bill y Melinda Gates y de Warren Buffett en sus proyectos de filantropía.
Ojalá terminen las atroces carnicerías en Yemen y Siria.
Ojalá el proceso de paz con las Farc en Colombia no pierda su rumbo, y que el del Eln concluya lo antes posible.
Ojalá Colombia le preste atención al dramático relato del defensor del pueblo, Carlos Negret, acerca de la desidia y la violencia que impera en las zonas del Pacífico. Esa situación es una bomba de tiempo y representa una crisis humanitaria.
Ojalá las muertes de Jorge Enrique Pizano y su hijo Alejandro no sean en vano, y que por fin haya claridad sobre lo ocurrido y prevalezca la justicia. Y ojalá que los culpables de estas muertes, y de todo el pestilente escándalo de Odebrecht, terminen tras las rejas, como se lo merecen.
Por último, ojalá el presidente Duque sincronice su bondad con su liderazgo. O sea, que se vuelva tan buen estadista como lo es de buena persona. Porque el país está tropezando sin rumbo, sin un líder que conduzca a la nación hacia la reconciliación, el desarrollo y la paz. Y esto no se logra sólo con buenas intenciones.