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Después de la posesión presidencial de Barack Obama en enero de 2009, George W. Bush se esfumó del escenario político. No por apatía, desde luego, sino por respeto, pues él sabía, por experiencia propia, que era inconveniente (e indecoroso) que el líder saliente opinara e interfiriera en la marcha del nuevo gobierno. «El presidente Obama», declaró con elegancia, «se merece mi silencio».
Esa posición marca un triste contraste con Álvaro Uribe. Como primer mandatario, Bush fue funesto para EE.UU. y para el mundo. Pero su actitud como expresidente ha sido ejemplar. Uribe, en cambio, fue un gran presidente, pero como expresidente ha sido un desastre. Gobernar un país es algo tan complejo que lo último que se necesita es al jefe anterior poniendo zancadillas, opinando sobre todo, promoviendo su agenda personal y torpedeando la nueva gestión, ya sea por convicción o frustración. Al contrario: un expresidente muestra altura, patriotismo y grandeza al guardar silencio; justamente lo que no ha hecho Álvaro Uribe durante el gobierno de Juan Manuel Santos.
Más aún: Uribe acude a los medios, cada vez que puede, para criticar a la justicia por investigar a sus colaboradores más cercanos, o para fustigar a los órganos del Estado que deben esclarecer los hechos más ignominiosos de su mandato, incluyendo los falsos positivos, el DAS, las chuzadas y Agro Ingreso Seguro. Ha despreciado casi todas las iniciativas de Santos, entre ellas la Cumbre de las Américas, y llamó al gobierno “derrochador”, y al presidente “mentiroso”.
Lo peor es que Uribe no se queda a nivel presidencial. Incluso cuando lo torea un periodista sin importancia, el expresidente salta al ruedo y responde indignado, como si fuera un sacrilegio que alguien, por insignificante que sea, cuestione su gestión.
Sin duda, el expresidente habría pasado a la historia como una figura inmensa si se hubiera mordido la lengua, por difícil que fuera. Si creyó, por decir, que Santos lo traicionó al nombrar a personas como Germán Vargas, Rafael Pardo, María Ángela Holguín y Juan Camilo Restrepo (todas, por cierto, profesionales de las más altas cualidades), aun así debió de guardar silencio. Si no se ha podido habituar a la pérdida del poder que ostentó durante ocho años, y sus insólitas riñas de taberna son una manifestación de ese duelo sin procesar, aun así debió de guardar silencio. Si no tolera que en los primeros días de gobierno Santos reparó las relaciones con nuestros vecinos y corrigió tantos errores más, aun así debió de guardar silencio. El mutismo, en efecto, debió trazar su rumbo como exmandatario.
Existen varias clases de expresidentes. Carter, por ejemplo, admite que él ha sido mejor expresidente que presidente, y se podría decir lo mismo de otros más. En la política norteamericana, a pesar de las relaciones tan complejas entre sus líderes, todos han manejado sus años posteriores a la Casa Blanca con prudencia y dignidad. En Colombia no siempre es así. Varios expresidentes han intervenido más de lo ideal, subiendo al ring, cuando ya no les corresponde, para dar golpes bajos y traicioneros. En todo caso, Uribe habría asumido un aura de leyenda y un aire de salvador si se hubiera quedado callado frente al gobierno actual. Como dijo Bush, Santos se merecía su silencio.