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¿Sí será el San José?

Juan Carlos Botero
11 de febrero de 2016 – 09:54 p. m.

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Mientras el país y el mundo entero celebraban la noticia en diciembre, cuando el presidente Santos anunció el descubrimiento del galeón San José, hundido en las afueras de Cartagena de Indias en 1708, y mientras yo observaba las imágenes en los diarios (fotos en blanco y negro de bellos cañones de bronce, tendidos en el fondo del mar, rodeados de vasijas de barro y peces nadando a su alrededor), no pude eludir una pregunta incómoda: ¿sí será el galeón San José?

Tengo mis dudas. Escribí una novela sobre el tema y he buscado tesoros en el mar, y lo he hecho solo en aguas bravas y con las uñas, revolcado como en una lavadora con un detector de metales en la mano y sin poder ver un diablo por la espuma y el oleaje, y he descubierto cañones de galeones y pilas de lastre y anclas añejas en las afueras de Cartagena, de modo que el tema no me es extraño.

Ahora, al igual que todo colombiano, espero que sí sea la famosa nave. Santos afirma “sin ninguna duda” que es el galeón. Y aunque el público tiene poca información, con un tesoro tan vasto de por medio, expuesto en pleno mar abierto, es válido que el presidente conserve sus cartas cerca del pecho.

Sin embargo, hay detalles inquietantes. Según ha dicho el Gobierno, hasta la fecha no se han rescatado objetos del pecio. Pero es muy difícil identificar una nave antigua sin extraer sus piezas. Se puede leer el nombre de una nave moderna en los costados de proa, o el tamaño de un naufragio puede despejar las dudas, como pasó con Titanic. Pero un galeón del siglo XVIII, con casi toda la madera podrida (incluyendo el mascarón), objetos de metal corroídos (incluyendo la campana), y piezas en bronce que requieren de una buena limpieza para deletrear sus emblemas, es otra cosa.

En Colombia hay unos 1.200 barcos hundidos catalogados, y en donde está el San José hay más naves hundidas por combates navales, tormentas, averías o colisión contra bajos y escollos. Este barco fotografiado que yace a cientos de metros de profundidad luce en buen estado, y eso contradice la tesis histórica según la cual el San José explotó por el cañonazo de la escuadra del inglés Charles Wager, que cayó justo en la santabárbara, donde se almacenaba la pólvora. Esa sería la primera duda.

Y hay otras. Según uno de los líderes del hallazgo, lo que prueba la identidad de la nave es el anillo del ancla y los cañones de bronce. Esto es diciente. Las cadenas sólo se emplearon para sujetar anclas y realizar maniobras de fondeo a partir de 1817, y el anillo del ancla, llamado arganeo, es de hierro, y ese metal sufre mucho en el mar. Para quitarle la corrosión, al menos lo suficiente para apreciar sus detalles, hay que someterlo a un arduo proceso electroquímico, que dura meses. El bronce sufre menos, pero para ver con nitidez el escudo del cañón y sus orejas de delfines hay que sacarlo del mar y limpiarlo a fondo, y sólo así se puede admirar el monograma y deletrear la inscripción. Hacer esa tarea mediante fotos es muy difícil.

Que existan estos cañones quizá demuestra que es el San José, pero no necesariamente. En tiempos pasados, no era raro que a raíz de ventas de mercaderes, derrotas militares o asaltos de corsarios un barco tuviera las armas de otras naciones. Robert Marx señala que en 1616 un mercante español portaba tres cañones ingleses, uno italiano, tres holandeses, dos portugueses, cinco franceses y tres españoles.

En fin, ojalá sea el San José. Y cuando se rescaten sus objetos y se confirme su identidad, yo seré el más feliz. Entre tanto, o el Gobierno no ha mostrado sus mejores cartas para probar que es el galeón (y el público se merece esa claridad), o quizás todo esto es un error colosal. Y eso sería lamentable.

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