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Una tristeza llamada Bogotá

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¿Para esto pagamos impuestos en Bogotá? ¿Para este resultado?

 No puede ser. La ciudad atraviesa la peor crisis de su historia reciente. La movilidad se ha vuelto imposible, los trancones son colosales e incesantes, no hay andén que no implique un peligro para el peatón, el metro sigue siendo una fantasía, y los locales comerciales invaden las zonas residenciales como maleza. Las fachadas de las casas, edificios y monumentos están sucias de polución y cubiertas en grafiti. La gente está exasperada, y por culpa de tres pésimos o corruptos alcaldes seguidos, esta situación se va a prolongar durante años.

Si algo caracteriza a nuestros servidores públicos es su incapacidad de pensar y planear a largo plazo. La ciudad acaba de estrenar un magnífico aeropuerto, limpio y moderno, y ya se sabe que quedó pequeño frente a las necesidades actuales, para no hablar de las del futuro. Y tampoco puede ser que, pocos años después del estreno de Transmilenio, el sistema ya entró en crisis y está a punto de colapsar, rebosado por una demanda superior a sus capacidades. Claro, después siempre aparece un funcionario en los medios que explica el problema, indicando por qué ese proyecto, esa obra o ese servicio no funciona como debería. Es como si creyeran que hacer las cosas mal con excusa es igual a hacerlas bien, como la persona que cree que llegar tarde a una cita con disculpa es lo mismo que llegar a tiempo. No es lo mismo. De nada le sirve a la ciudad tener obras y servicios que funcionen mal pero, eso sí, con su explicación. Se necesita, simplemente, que funcionen bien.

No sólo eso. La cultura ciudadana ha retrocedido a los tiempos previos a Antanas Mockus. El peatón parece el blanco de una diana, y la gente conduce como lunáticos debido a la frustración y a la incapacidad de movilizarse. Mientras otras ciudades en el mundo han prosperado de manera asombrosa en los últimos años, nuestra capital se ha deteriorado. Bogotá ha visto una explosión del tráfico y una multiplicación de edificios y centros comerciales, pero tenemos la misma malla vial de hace 20 años, y con 20 años más de desgaste. Es increíble que no haya nuevas calles o vías, y por eso la congestión es permanente. El problema no es sólo que la malla vial no recibe las reparaciones necesarias; ni siquiera recibe las presupuestadas. En 2013 el IDU ejecutó apenas el 5,3% del dinero destinado a la inversión en la malla vial. Las autoridades siempre se quejan y lamentan de que no disponen de recursos para hacer las obras, pero cuando los tienen no los usan. Eso ya es demasiado.

Ahora, si alguien cree que el grafiti es un tema menor, que revise los estudios de James Q. Wilson y George Kelling que demuestran cómo, en los años 80, eliminar el grafiti tuvo un efecto directo en la reducción del crimen en Nueva York. Bogotá está cubierta de ese vandalismo, que no sólo la afea sino manda el mensaje, en forma cotidiana, de que la capital no debe ser cuidada ni respetada por sus habitantes. ¿Acaso las autoridades no toleran esas inmundicias que se hacen pasar por pinturas?

Toda ciudad puede mejorar o empeorar. Depende de sus gobernantes, de la pasividad o intransigencia de su población, y de las decisiones de sus votantes. Los resultados son, en última instancia, nuestra responsabilidad. Y de nadie más.

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