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Vargas Llosa se equivoca

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MARIO VARGAS LLOSA ESCRIBIÓ SU pasada columna de opinión a favor de la legalización de las drogas, y fue noticia mundial.

No tanto por las ideas (las tesis del novelista se han dicho antes), sino porque es noticia que una voz de su prestigio se sume a esa causa. No obstante, su artículo tuvo una ventaja adicional, pues dejó en claro la mayor paradoja de este debate: quien defiende la legalización de las drogas tiene razón y, por eso, irónicamente, el narcotráfico no se puede legalizar.

Me explico. Los argumentos para legalizar el consumo de drogas caben en una frase: las secuelas del narcotráfico proceden de su ilegalidad. En efecto, por ser ilegales, y debido a que la demanda por las drogas crece a diario, éstas son costosas, no generan impuestos y desatan una estela de violencia que Colombia conoce de sobra y que México ahora padece a niveles atroces. El narcotráfico es perseguido por el Estado y los carteles responden con balas y bombas, matando policías, jueces, soldados, periodistas y ciudadanos inermes que caen en el fuego cruzado. Además, su tenebrosa fórmula de “plata o plomo” genera una corrupción colosal, sobornando todas las ramas de la sociedad, empezando con la justicia. Y no sólo eso. La salud pública sufre, los valores se envilecen (crece la narcocultura) y el costo de la guerra significa una hemorragia económica para los países productores, de por sí pobres.

Por todo ello, quien defiende la legalización, como Vargas Llosa, tiene razón. Su discurso es irrefutable. Si se legalizaran las drogas su precio caería, se podría controlar su venta y calidad, habría impuestos y los temibles carteles dejarían de existir, pues ya no tendría sentido aceitar con sangre el engranaje de un mercado clandestino. El narcotráfico, con su violencia y corrupción, se esfumaría.

 Aun así, paradójicamente, las drogas no se pueden legalizar. Por varias razones. Primera, legalizar las drogas enviaría un mensaje de aprobación al consumo que después ninguna campaña educativa podría erradicar. Con gran esfuerzo y en contra de intereses atrincherados, se ha reducido el consumo del cigarrillo, y este nuevo mensaje sería incoherente y nefasto. Segunda, por el alcohol. A menudo se acude al alcohol como un ejemplo para legalizar las drogas, cuando es lo contrario: los millones de muertos cada año en el mundo y los casos de violencia doméstica relacionados con el alcohol no son un motivo para permitir otras sustancias todavía más nocivas en la comunidad, sino para no hacerlo. Tercera: hay demasiadas dificultades prácticas: cómo venderla, a quién, de qué manera, en dónde, etc. Cuarto, por la razón más importante de todas: para evitar las secuelas de la ilegalidad de las drogas, habría que legalizarlas todas. Las de hoy y las de mañana. Mientras subsistan drogas ilícitas, así como una demanda por las mismas, habrá un tráfico ilegal dispuesto a ofrecerlas, un mercado negro como el que hoy controlan los carteles, sembrando violencia y sobornos. Lo grave es que no conocemos las drogas del futuro, ya sean químicas o naturales, y éstas son cada vez más dañinas. Con legalizar una droga o dos no se acabará el problema; se aumentará. Pero nunca podremos legalizar todas las drogas ilícitas. Y esa es la paradoja.

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