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"VER DUELE", RESUMIÓ CON MAEStría el poeta Octavio Paz. Y es cierto. Pero para ver de verdad hay que saber mirar.
Es decir, para que la mirada vaya más allá de las apariencias, para descubrir la realidad que late profunda en su auténtica dimensión, para percibir la gracia, la belleza, el humor o el drama que se oculta detrás de la fachada, es preciso mirar bien. Y no conozco muchos que sepan mirar mejor que un colombiano llamado Sebastián Sarmiento.
Pocos lo conocen, pero eso no le importa. Al contrario: Sebastián es un hombre sencillo, culto y leído, que desde hace años ha optado por el anonimato, porque opina que en Colombia la persona que por cualquier motivo asoma la cabeza, tarde o temprano se la bajan. De modo que vivir bajo el radar de los medios, de las revistas de actualidad y de los rumores de la sociedad, no sólo es más conveniente, sino que es casi una necesidad. “Se vive más y mejor”, afirma con una sonrisa torcida. Y tiene razón.
En todo caso, lo que más admiro de Sebastián es su agudeza y su talento, como digo, para ver más allá de las apariencias. Para entender, por ejemplo (y así lo dice cada vez que puede), que un país como el nuestro tiene que estar muy enfermo para calificar a sus gamines, indigentes y mendigos como “desechables”. Cuando la gente más pobre de la nación, explica, la más desprotegida y vulnerable, es considerada superflua, inútil, un estorbo para los demás, sólo apta para ser descartada, olvidada, “desechable”, eso refleja una indolencia y una psicología colectiva enfermiza. O para captar, debajo de la apariencia “inofensiva” de los chistes racistas que escuchamos a menudo, la realidad subterránea de desprecio al prójimo por razones tan banales como el color de la piel o la diferencia de clase, religión, país o región. O para contemplar un muro coronado de cristales rotos, como vemos a diario en una ciudad como Bogotá, y descifrar el mensaje brutal que esa pared comunica; el aviso, claro y violento, de rechazo, exclusión y aislamiento proveniente de un sector minoritario que cuida, con suspicacia y recelo, sus bienes materiales, y el odio (nunca articulado pero no por eso menos real) hacia sectores menos favorecidas de la sociedad, los que esos muros mantienen afuera, a raya, marginados. O para adivinar, bajo la superficie alegre de las bromas machistas, el desprecio antiguo y soterrado hacia la mujer, el concepto de inferioridad y la misoginia que ha causado tanto dolor en el continente. O para saber que cuando llamamos a un atropellado por un auto un “muñeco”, y a un niño sicario un “baby”, y tantos casos más, algo pequeño pero vital fallece en nuestro interior.
Todas estas cosas las vemos u oímos a diario. Lo que pasa es que, como dice Sebastián, lo que una sociedad considera normal no depende del contenido sino de la frecuencia. No es (o no debería de ser) “normal” que un niño tenga que pedir dinero en la calle para vivir, pero se vuelve normal si se ve a menudo. Por eso nos salen callos en el alma y al mirar nos quedamos en las apariencias. Pero de vez en cuando alguien como Sebastián aparta el velo y enseguida vemos la dura realidad tras la fachada, y de paso nos vemos directo a los ojos. Entonces sentimos un frío que nos baja por la espalda.