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¡Adiós, maestro!

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Al comienzo de los años 80 este diario publicaba semanalmente, en exclusiva mundial, la columna de Gabriel García Márquez, ya consagrado como genio universal, poco antes de recibir el Premio Nobel.

Columnas memorables, como aquella que escribió a propósito del asesinato de John Lennon (“Sí, la nostalgia sigue siendo igual que antes”), cuando reveló su pasión por los Beatles, a quienes solía oír mientras escribía. Según él, los grandes músicos de la historia eran, como los de Liverpool, los que empezaban por la letra B: Bach, Beethoven, Brahms, Bartok y “Bozart”, agregaba con humor.

En otra de esas columnas, que se leían con fervor alrededor del mundo, nos contó que un día, cuando en los años sesenta vivía en París, vio de lejos a Ernest Hemingway, uno de sus inspiradores, como lo relata con detalle y maestría Mario Vargas Llosa en Historia de un deicidio, el mejor ensayo jamás escrito sobre la obra del creador de Macondo.

Cuenta García Márquez que él, conmovido con la presencia del genio en la distancia, le gritó “adiós, maestro”, y que entonces Hemingway levantó la mano y lo saludó de lejos con complacencia.

El 20 de enero de 1995 se promulgó en Barranquilla la ley de televisión de ese año —el ministro de Comunicaciones era Armando Benedetti—. Ese día, antes del evento, con Felipe Zuleta y otros amigos fuimos a almorzar a algún restaurante de esa ciudad. Casi al momento de salir, Felipe se encontró al escritor, que amablemente nos invitó a sentarnos en su mesa. Se habló largamente del presidente Lleras Camargo, muy cercano a García Márquez.

En medio de la charla, por fin me atreví a contarle al nobel que una vez en Bogotá, tal vez en 1983, lo vi de lejos en la 19 con 3ª, caminando con Fernando Gómez Agudelo y Germán Castro Caycedo, a pocos pasos de los estudios de RTI, y que quise gritarle “adiós, maestro”, para recordarle su anécdota en París con Hemingway.

Pero no me atreví, por timidez y temor reverencial. Me lo reprochó con alguna expresión costeña y me pidió que la próxima vez le gritara con vigor. ¡Adiós, maestro! 

Juan Carlos Gómez *

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